martes, 3 de agosto de 2010

El Cougar azul

Todavía recuerdo claramente aquel comercial de televisión en 1981, donde un locutor súper engolado decía con voz de meterte miedo: Nuevo Cougar V6, sedan!!!! Elegancia!!!, distinción!!!, potencia!!!!… “Grrruaaaaaauuuu” y salía un puma negro brincando a la pantalla.

Creo que esa fue la primera vez que me di cuenta de que cougar significaba puma en inglés.

El Cougar de mi papá era más bien azul, azul media noche, como le decía él; recuerdo que lo acompañé a buscarlo un miércoles a la avenida Victoria, a un concesionario de carros muy famoso en aquella época, donde, por cierto, otro locutor engolado le hacía publicidad a cada rato por la radio, recordándote que “se estribe Rootes, pero se pronuncia Ruts”.

De verdad, no recuerdo la cara de mi papá al verlo salir, pero lo cierto es que era un carrazo, una oda ochentera al lujo y el confort: asientos de terciopelo que se ajustaban automáticamente en altura y cercanía al volante con unos botoncitos que nunca logré destruir, volante forrado en cuero azul, radio con cassette incorporado, aire acondicionado, vidrios eléctricos al igual que la antena, espejos en los tapasoles y ese olor a nuevo que nada ni nadie puede imitar.

En aquel Cougar azul aprendí a manejar en las calles internas del Colegio San Ignacio, donde luego de la práctica de la Banda de Guerra, los sábados, me le pegaba a mi papá cual garrapata para que me diera unas clasecitas y así pavonear con mis compañeros de clases.

Con el tiempo las clases se hicieron menos necesarias, sobre todo cuando descubrí que en la ferretería de la esquina podían sacar copias de la llaves del Cougar, entonces empezaba la vigilia de ver cuando el viejo se quedaba dormido para salir a roletear por la Caracas de mediados de los ochenta. La Lechuga, Mr. Ribbs, PidaPizza, Partícular, el Droganfox y todos sus parkeros, fueron cómplices indirectos de mis hurtos motores, los cuales nunca tuvieron un final trágico; porque eso si tengo yo, manejo como una mierda, pero tengo una suerte que la hubiese deseado el mismísimo Zena.

Pero lo que me sobraba de suerte me faltaba de pilas, puesto que jamás se me ocurrió, después de mis acostumbradas roletas, llenar de nuevo el tanque de gasolina al nivel en que lo había encontrado, sobretodo luego de pasear con mis amigotes de Petare rumbo a la Pastora “recorriendo la montaña que decora mi ciudad”, como unas 17 veces por noche.

Por supuesto, el viejo lo sabía pero se hacía el loco y loco estuvo a punto de volverme cuando se le ocurrió quitarle, en más de una oportunidad, el cablecito del distribuidor. Era un cable del coño que ni se veía, el cual servía de capuchón a un tornillo de cobre que estaba por detrás de la bobina. Claro que estos términos mecánicos (distribuidor, bobina…) los domino hoy, veintipico años después, porque en aquel entonces era simplemente “el cable del coño!!!!”

¿Dónde coño va ese cable del coññññoooo???? gritábamos mi primo Rino y yo, tratando de conseguir el origen de tan absurda realidad. Creo que el desgaste de tantos intentos fallidos y tantas noches que se quedaron esperando hizo que se me olvidara como dimos con el contacto macho del cable del coño, pero lo que no se me olvidó más nunca fue echarle de nuevo gasolina al tanque.

Mis hurtos blancos del Cougar azul se acabaron a los 18 años, donde lo primero que hice después de apagar las velas de mi torta de profiteroles rancios fue irme con mi amigo Héctor a sacarnos la licencia a la oficina de Tránsito de San Bernardino.

Al llegar, la cola era inaudita y además, teníamos que presentar un examen teórico y otro práctico. En eso, se nos acercó una suerte de Dios Africano y se ofreció a ayudarnos por el módico costo de 50 bolivitas. Dios es Grande …y negro!!!! -exclamamos- y, por supuesto, le dimos la ofrenda a San Cuntaquinte, que después de sacarnos unas fotos carnet en la esquina, nos dijo que mañana, a golpe de 11, pasáramos a buscar nuestras licencias.

Sé que todos estarán pensando: Ajjjaaaaa ese negro los jodió!!!!!. Nada que ver hermanos, al día siguiente, a las 11 en punto, estaba Changó (sólo por lo chango, no por el santo) con nuestro par de licencias, perfectas, plastificadas y selladas, en las cuales Héctor y yo exhibíamos unas cabezotas descomunales estilo “Huevoduro”, aquel famoso personaje de la serie de suplementos de Condorito.

El pana trató de negar, por todos los medios, que las cabezas estaban alteradas. Tanto fue lo que insistió, tan buena fue su labia enriquecida por aquel metro noventa de altura y no menos de 1,60 mts. de ancho que, al final, nos fuimos agradeciéndole al bicho ese, que nos haya mejorado el aspecto craneal.

Por supuesto esas licencias duraron lo que una flatulencia en cama indígena (…lo que un peo en un chichorro). A la primera parada de fiscal POW!!!

El Cougar siguió sumando a su kilometraje y ayudándome, al mismo tiempo, a incrementar el mío con las chicas. Qué bueno era ese Cougar azul medianoche!!!!, discreto, espacioso, cómodo, reclinable y fiel, nunca me dejó botado; ese sí supo romper aquel mito urbano de que “si haces cosas en el carro se jode”. Balaceras en el Cementerio, botellazos en los Corales, atentados en El Paraíso, Policías en La Alameda; hasta una vez me sorprendieron dos PM en el mirador de San Román con la hija del Embajador de los Estados Unidos, que era menor de edad, y después de torturarnos psicológicamente 20 minutos, un poli le dijo al otro: ya no lo jodas más… es el pana del Cougar azul!!!

Entrando a los noventa ya nuestro querido Cougar empezaba a sufrir los desgastes del tiempo, el pobre ya tenía cerca de quince años y más de 150.000 kilómetros. Poco a poco, salían a flote las consecuencias de tantas idas a Bahía de Cata, Choroní, Margarita, Puerto La Cruz, Mérida… Empezó a pasar un poco de aceite, los vidrios se le dañaron, el techo de terciopelo se le despegó, se le estropeó el retroceso y yo, indetenible y pelabolas, salía orgulloso con mi Cougar azul, así durara 20 minutos estacionándolo por tener que retroceder a fuerza de piernas, cual Pedro Picapiedra.

De mis manos pasó a las de uno de mis mejores amigos, con él recorrió sus últimos kilómetros. El hueco negro en el que cayó la económica del país, se llevó consigo a Carlos, lo que le hizo imposible rescatar a nuestro querido Cougar de los desgastes de la tercera edad y de la ruina de sentirse solo y abandonado.

La última vez que lo vi, estaba parado, maltrecho, en una callecita escondida de Guaicay, los cauchos bajos, los vidrios abiertos, la pintura quemada y los faros ausentes; tan ausentes como su elegancia, su distinción y su potencia; tan ausentes como la esperanza de volver a ser lo que fue algún día y de volver a significar para alguien, lo que una vez significó para mí.

Con el tiempo llegaron nuevos amigos: el Skoda vinotinto, compañero de juergas tan transitorias como su paso por mi vida. El Volkswagen rojo, bonito, fiel y hippie. Las motos patoteras, más ruidosas que veloces. El Polo y la Caliber, los nuevecitos de agencia, que subieron mi autoestima y me ayudaron descubrir en carne propia lo que sintió mi viejo aquel miércoles del ´81 cuando vió, frente a frente, por primera vez, a su Cougar azul medianoche.