-Qué pelota la de Tomás…!, comentaban todos, disimuladamente, cada vez que lo veían pasar arrastrando por el piso aquella enorme pelota de grasa y piel que le brotaba de la parte más alta de su pierna izquierda, tal y como si fuera un icaco gigante brotando de la rama más delgada de su árbol.¿Cómo pudo aquello que comenzó como un simple e imperceptible absceso convertirse en una pierna embarazada de nueve meses?. Sencillo, aunque inexplicable para muchos médicos: por una debilidad cardíaca de la que empezó a padecer Tomás desde el primer día que retomó su trabajo en aquella oficina.
Y no fue por el estrés que le provocaba tener que reiniciar su vida en el mismo país que decidió abandonar para buscar mejores oportunidades y una vida más digna. Y no fue por la suma de las veces que tuvo bajar la cabeza cuando se conseguía amigos y no tan amigos que le preguntaban por qué se había regresado. Tampoco fue por el impacto emocional que desató su reciente divorcio de aquella chica de la que, por cierto, se había enamorado en esa misma oficina años atrás y de la que sólo le quedaban un hijo compartido, alergia a los recuerdos y largos silencios. Menos culpable fue aquella colección de noches evasivas llenas de alcohol, cigarrillos y desgaste que tomó como digna terapia de transición.
Su anomalía tenía otro origen, un origen específico y claramente identificado a tan sólo dos escritorios del suyo. Un epicentro a tres metros y medio de distancia y con nombre de mujer: Isabel.
Tenían historias demasiado paralelas, por eso siempre andaban juntos pero nunca se tocaron. Al verse, se reconocieron claramente como consecuencias de la realidad social actual. Ambos divorciados, víctimas de una infidelidad declarada, con un hijo en la cartera y una mezcla de desconfianza con ingenuidad deseosa de ser conversada.
Primero nació la empatía, luego nació la ilusión. Una ilusión de dos de la que se apoderó solo uno. Y así Tomás empezó a cargar con la ilusión de hacerla su mujer y con la ilusión de que ella lo veía como ese tan esperado héroe, de cabellos largos y portentosa armadura, que llegaba de lejos a rescatarla de aquel mundo de terror e injusticia que le había tocado vivir.
Pero nada pesa más que cargar con dos ilusiones y aquel peso, como todo gran peso, le provocó una hernia, una hernia emocional en la parte más alta de su pierna izquierda.
…
Esa mañana Tomás se despertó rascándose frenéticamente el muslo, miró y se descubrió un pequeño abultamiento, el cual asoció de inmediato con una simple picada de hormiga.
- ¡Coño que picazón, …su madre!, exclamó durante toda la mañana, notando que la picada cada vez se le inflamaba más. Fue a la farmacia y se compró una pomada que se empezó a aplicar 2 veces al día, por siete días. Pronto el dueño de la farmacia lograría pagar la electricidad de todo el local gracias a la cantidad de pomadas y otros “menjurgues” que compraba Tomás todas las semanas.
De picada pasó furúnculo, de furúnculo a quiste, de quiste a pelota de tenis y del tenis a la jodedera.
-¡Tomás sácate la pelota del bolsillo!.
-¡Tomás, tú sí que tienes bolas!.
-¡Tomás, pelotudo!
Tanta era la jodienda de los amigos de Tomás, que hasta su hijo un día, pensando que lo de la pelota era en serio, se la pidió para jugar con sus amiguitos en el colegio. El pobre chamo no entendía que la famosa pelota del bolsillo de su papá no existía, pues veía claramente el bulto en el pantalón y al ver que su progenitor se negaba a prestársela, armó tremendo berrinche en pleno colegio, convirtiendo al pobre Tomás en el centro de las críticas y miradas despectivas de cuanta vieja cacatúa y madre abnegada se encontraba en el recinto. Hasta uno de los curas se acercó insistiéndole: pero préstele la pelota al niño…!!!
El tiempo fue pasando y su pelota fue creciendo, así como también crecía su ilusión por Isabel.
Bajaban a fumar, almorzaban juntos, chismeaban de sus compañeros de la oficina, se escribían los fines de semana… Lástima que una misma canción puede significar cosas tan diferentes dependiendo de quien la escuche. Eran dos personas paradas en el mismo lugar, una al lado de la otra, tomadas de la mano, pero la de la izquierda miraba al norte y la de la derecha, al sur.
Y así, mientras Tomás se enamoraba más y más, Isabel se sumergía en cuanta relación turbulenta y conflictiva le pasaba por enfrente. ¿Cómo se puede tener tanta suerte para encontrarse con tal número de fracasados en una misma vida?
Alcohólicos, estafadores, desempleados, drogadictos, vividores, bicuriosos… todos desfilaron por el corazoncito resentido de Isabel y, de todos y cada uno ellos, Tomás tenía un resumen curricular específico y extenso, donde se leía claramente: fecha de ingreso, logros emocionales, fortalezas sexuales, referencias de terceros, áreas de oportunidad, debilidades y, por supuesto, la tan esperada fecha de egreso.
Poco a poco, mientras su pelota iba cobrando nuevas dimensiones, Tomás se iba convirtiendo, cada vez más, en parte fundamental e imprescindible de la vida de Isabel. Psicólogo, Abogado, Pastor, entrenador personal, cuenta cuentos, chofer… todo, menos amante. Que duro es conocer a detalle la vida de la persona que amas, participar en sus decisiones, en sus alegrías y tristezas, estar presente en sus amaneceres y en sus ocasos, pero no tener derecho a tocar ni un centímetro de su cuerpo.
Sin duda, eso pesa bastante…
…
Quince kilos ya pesaba la pelota de Tomás para Septiembre y como era de esperarse, ya ningún pantalón le servía, no le quedó más remedio que inventar que se había unido a una religión africana y que parte del rito de iniciación era andar vestido con una amplia túnica en colores tierra, que de alguna manera le mal-disimulaba la, ahora, “pelota de Basket” que sobresalía a su izquierda.
En esos tiempos la compañía mandó a Tomas a cerrar unos contratos a Ciudad de Méjico, por supuesto tuvieron que comprarle pasaje en primera clase, pues en la ejecutiva no cabía con su inseparable acompañante. El verdadero problema lo tuvo de regreso, cuando lo detienen en inmigración por su sospechosa forma de caminar y a la vez de intentar esconder, dentro de su bata africana, una especie de enorme paquete sin ningún tipo de justificación.
-¿Nos acompaña por favor?
Tomás palideció y no pudo disimular sus nervios, lo que empeoró las cosas.
-Quítese la ropa, por favor.
-Pero amigo, ¿cree usted que esto es necesario?
-Quítese la ropa, por favor, repitió sin expresión alguna el oficial de inmigración.
Entonces Tomás dejó caer al piso su amplia bata africana, quedando totalmente al desnudo de una sola vez, pues ni la más elástica ropa interior podía ya atravesar la inmensidad de su pelota.
La cara de los oficiales palideció, no hacían más que ver fijamente la pelota de Tomás, atónitos, retraídos, ausentes.
De repente, la expresión de uno de ellos empezó a despertar y gritó alarmado: ¡Se le bajó la droga manito, se le bajó la droga!!!!
-¡No seas bruto chico!, eso no es droga conejo, eso es tremendo poporo!!!
Ambos oficiales se miraron, no aguantaron soltar tremenda carcajada. Sus gritos y risas se escuchaban afuera.
-Bueno, pero ¿cuál es el chaleco?, fue lo único que se le escuchaba decir entre dientes a Tomás, mientras terminaba de acomodarse su bata y salía a formarse en la cola para entrar a su avión.
…
Fueron muchos los intentos de Tomás por llegar al corazón de Isabel: chocolates, flores, cenas, libros, hasta serenatas… y mientras más intentaba Tomás, más grande se hacía su pelota y más ajena se volvía Isabel.
Esa Navidad, cuando la única manera que encontró para poder ir a la cena de Noche Buena de sus amigos fue disfrazarse de San Nicolás -adivinen quién era la bolsa de regalos-, Tomás decidió operarse.
Bastó una consulta para que el médico le pusiera fecha y hora a la operación: 17 de enero, 7:30 de la mañana. Todo estaba listo, el quirófano impecable, la corte de enfermeras en su tradicional uniforme de campaña y la habitación 208 anhelante de un nuevo huésped. Pero ese día, a esa hora, Tomás no se presentó.
Esa mañana, desnudo frente al espejo, se percató que había pasado tanto tiempo con su pelota que ya la quería más que a Isabel, más que a su trabajo, más que a su hijo, más que a su imagen original. Ya era parte de su piel, carne de su carne, compartía su tiempo, su cama, su alma. La abrazaba en esas largas noches de ansiedad, hablaba con ella, la acariciaba, hablaba con ella, la defendía de los perros de la cuadra cuando la sacaba a pasear, le regaló un tatuaje de henna y hasta lloró la noche anterior a despedirse de ella. La vida los había hecho uno, Tomás y su pelota, la pelota y su Tomás. Ahora lo comprendía y no tenía ni el valor ni las ganas de separarlos.
...y allá va Tomás, arrastrando orgulloso su gran pelota, esa enorme pelota de piel y grasa que le brota de la parte alta de su pierna izquierda. Ahí va, sin importarle un bledo que la gente lo vea, lo que digan, lo que inventen… total, en este mundo lleno de almas solitarias que nunca coinciden, muchos quisieran tener, al menos, una pelota como la de Tomás.