jueves, 24 de mayo de 2012

La mala fama (Parte 1)


Mi nombre es Gilberto Policarpo Ordoñez Huamán y me imagino que por esta larga colección de nombres feos con los que me bautizaron hace 32 años, los productores de la disquera decidieron que me llamaría Gil.

Gil: Simple, monosílabo, fácil de aprender como las canciones que canto, no como las que compongo, como las que canto, obligándome a resumir su letra a la mínima expresión con la excusa de hacerlas comerciales, ya que según ellos la gente no escucha, no lee, no piensa… la gente como ellos, será.

Es tan distinto soñar con ser estrella a vivir en el cielo…

Recuerdo que a los catorce no hacía más que imaginarme rodeado de gente en el Estadio Universitario, saliendo con unos jeans rotos y gritando: ¡Buenas Noches Caracas!, recibiendo inspirado y pleno esa enorme lluvia de gritos, flores y pantaletas.

Era por ese sueño y las supuestas leyes de la atracción que prácticamente despertaba, comía, caminaba, hablaba y hasta iba al baño con mi guitarra. Aún escucho a mamá gritando:

-      Gilberto Policarpo deja esa guitarra del carajo y ponte a estudiar.
-      Gilberto Policarpo no cantes tan duro chiiiiiiiiiiiico, que no me dejar oír la novela.
-       Gilberto Policarpo tráeme la crema Nivea que te voy a meter esa guitarra por el culo si no te callas ahora mismo!!!!!.

Esa madre mía, siempre tan cariñosamente repetitiva y autóctona, a ella le compuse mi quinto éxito, el cual llegó a romper record de ventas en Méjico y me valió un doble disco de platino: ¿Por qué no te callas tú?.

En esa época, llegue a desarrollar tanto la imaginación que era capaz de sentir en cada sueño el olor a cerveza con sudor típico de los conciertos, el sonido a tierra justo antes de cada canción y hasta fantaseaba que le dedicaba canciones a Penélope Cruz desde Las Ventas de Madrid, en un lleno total, para luego llevarla en helicóptero hasta Toledo, donde le hacía el amor en la calle, detrás de la Catedral de Santa María. Lo peor fue que llegué a hacerlo y de verdad, verdad, fue más rico en mis sueños.

¿Y quién no se convierte en todo un triunfador en sus sueños? En ellos nos vemos más atractivos, más altos, más talentosos y desarrollamos una invencible capacidad de volvernos invencibles. Sí, en nuestros sueños todo es perfecto, hasta lo imperfecto es perfectamente imperfecto. El sentirnos dueños únicos de nuestro destino, así sea sólo en estado alpha, nos permite olvidar que la realidad del mundo entero es compartida.

Es por esto que mis historias imaginarias de gran estrella pop siempre saltaron los capítulos en donde me bajaba del escenario intoxicado y ansioso, las innumerables noches de extrema soledad en el cuarto de un hotel, la pérdida de interés en el sexo debido a su exceso, las ganas renunciadas de sólo salir a comer un perro caliente a la esquina y caminar hasta la discotienda más cercana a ver que hay de nuevo, como lo hacía antes y sin tener que conseguirme una gigantografía mía recibiéndome e invitándome a comprar mi nuevo cd.

Esta confrontación entre lo imaginado y lo que no, me ha llevado a tomar una impostergable decisión: voy a matarme.

La idea me vino justo el día siguiente de aquella entrega de premios en Miami dónde, al despertarme en lo que quedaba de mi hermosa casa de Bayside, me vi rodeado de tantos reconocimientos como de gente desnuda.

Esa tarde -porque ya era de tarde- en medio de una ensalada de cuerpos noqueados por los vicios y dentro de una olorosa alfombra de colillas de cigarrillos, copas rotas y ropa interior de marca decidí planear mi inesperada despedida de este mundo.

¿El momento? - La grabación de mi nuevo video clip.
¿La canción? - La vida es un circo.
¿La causa? – Cualquiera menos una sobredosis de drogas, unas pastillas mal recetadas o algún experimento pseudo-sexual que abochorne mi recuerdo ante los ojos de toda esa gente que me siguió. Que triste es haber logrado tanto, para luego terminar siendo recordado como aquel que consiguieron guindado en un armario tratando de tener un orgasmo.

Mi muerte tenía que ser distinta, creativa, alarmante y hasta irónica. Si bien tomé la decisión de deshacerme de mi, estaba en todo el derecho de planificarme un final sublime, inesperado, fuera de la caja. Memorable por lo distinto y no por lo recurrente.

Fue así como el escenario circense de mi nuevo videoclip se convirtió en musa fatalista para elegir, dentro de una docena de alternativas, la más emblemática y casual de las muertes.

“Quiero hacerte reír, quiero hacerte soñar, quiero volverte niña de nuevo y entre trucos de magia imaginar que con mis brazos te puedo domar…” .

Así, más o menos, decía la canción donde yo, personificando a cada uno de los personajes de un circo, le cantaba enamorado a una bella chica del público que al final del video me alcanzaba en mi tráiler, a las afueras de aquella enorme carpa, para hacer el amor insaciablemente entre bombas de jabón y algodón de azúcar; todo en un rodaje de cinco días en las afueras de ciudad de Méjico.

Para tal reto histriónico –reto aún mayor para mí, que actuando soy buen mecánico- tuve que dedicar incontables horas de clase y ensayo al lado de payasos, malabaristas, magos, escapistas y domadores de leones. Fue allí dónde empecé a ponerme creativo con mi crónica de una muerte anunciada, como diría Gabriel García Márquez.

La primera idea finalista: Un fulminante ataque cardíaco fuera de libreto en el cuerpo de un payaso borracho.

Los asistentes y el público aplaudirían eufóricos mi tremenda improvisación. Luego, entre risas y palmas, el director argentino me gritaría –parate boludo, que no tenemos todo el día- Paso siguiente, veríamos las caras de confusión de la gente al ver que pasan los minutos y no me levanto del piso. Finalizaríamos el acto con el rostro de terror del asistente de dirección que, al revisarme el pulso, asegura -no estaba actuando, se murió-.

Esta idea la deseché casi de inmediato, aunque era súper-divertido pensar en morir con una sonrisa pintada en la cara, no me daba mucha gracia pensar que la prensa amarillista colocaría de titular: Murió por Payaso!!!.

La segunda idea finalista: Una muerte de altura. Caer del trapecio cuando éste consiguiese su mayor altitud y estrellarme como huevo frito fuera de la malla al lado del centenar de extras y el equipo de producción.

Tiempo de la caída: cerca de cinco segundos. Muy rápido y poco dramático, la gente no apreciaría el preámbulo de mi muerte. Esas caídas sólo se ven en cámara lenta en las películas. En la vida real, más de la mitad de los asistentes se perderían la evolución de mi tragedia y, en consecuencia, todos inventarían una versión distinta de mi expresión en el aire. Definitivamente esta no era la vía, además iba a doler mucho.

A la tercera va la vencida:
“…y entre trucos de magia imaginar que con mis brazos te puedo domar…”. Esta frase describió perfectamente la idea de lo que sería mi honrosa despedida de este mundo.

Una de las escenas más memorables del videoclip y a su vez más delicadas, era una en la que aparecía cantando dentro de la jaula de un león, vestido de domador y, látigo en mano, hacía que el enorme felino se postrara a mis pies.

Originalmente, la escena se iba a hacer con un doble y luego, por cortes de cámara y edición, lograríamos que pareciera yo todo el tiempo, pero “estratégicamente” me negué a que un “imitador” tomara mi lugar y exigí ser entrenado para desarrollar, yo mismo, todas y cada una de las escenas. Ellos lo tomaron como un capricho más de otra estrella que quiere hacerse notar con sus extravagancias y pataletas, cosa que fse adaptó perfectamente para mis planes.

Durante dos semanas, todas las noches a las 10 y media, luego de la última función del circo, era recibido por Melquiades, El Domador, para que me adentrara en el peligroso arte de cómo dominar a las fieras. Melquiades era un hombre ya bastante maduro, tendría unos 60 años y, como pasa casi siempre en este ambiente, pertenecía a una legendaria familia de domadores que, por más de seis generaciones, habían entretenido a millones de familia en todo el mundo.

-¡Llegó el cantautor!- decía cada vez que me veía llegar, con un tonito que se balanceaba muy bien entre la admiración y la burla.

-¿Cuándo me compones una canción, chico, o es que acaso tú sólo le compones a las mujeres?.

-Las canciones no tienen sexo maestro, así que cualquier día de estos lo sorprendo, quién quita…

Más allá de la diferencia de edad, Melquiades y yo hicimos muy buenas migas desde el primer día. Tomamos como hábito quedarnos después de cada sesión y tomarnos unos cuantos traguitos de brandy que, según él, aclaraba más que la voz, el alma.

Fue así como, entre brandy y brandy, fuimos desnudando los recuerdos y compartiendo frustraciones. Me contó acerca de la única fiera que nunca logró domar, Irina, una contorsionista rusa de la que se enamoró ciegamente a los veintitrés y que le destruyó el autoestima a tal nivel que tuvo que retirarse un buen tiempo de las jaulas por miedo a que los leones olieran su miedo a la soledad y decidieran vengarse por tantos años de dictadura.

Yo le hablé de Miranda, lo más cercano que he conocido al amor, la verdadera autora de más de la mitad de mis canciones. Miranda, un nombre sin rostro, sin historias más allá de las imaginadas, otra treta de mi mente con la que curaba mi vacío y aupaba mi esperanza. Esta mala maña mía de querer imaginar las cosas antes de darle el chance a que sucedan.

-Tú si eres guevón cantautor!!!! Con tantas mujeres a tu alcance y te tienes que inventar una!!!!

-Estos doce años de carrera me han demostrado, mi recién querido Melquiades, que todas esas mujeres hermosas y dispuestas se le ofrecen a una marca y no a un hombre. Quieren a Gil, no a Gilberto Policarpo Ordoñez Huamán.

-Y con ese nombre, mi cantautor, ¿quién te va a querer nada? Jajajajaja.

Los días fueron pasando y mientras aprendía más y más del viejo Melquiades, el Domador de Vidas, como le terminé diciendo, al mismo tiempo fui dibujando a detalle mi, cada vez más cercana, despedida de este mundo.



“El león (Panthera leo) es un mamífero carnívoro de la familia de los félidos y una de las cuatro especies del género Panthera. Los machos, excepcionalmente grandes, llegan a pesar hasta 250 kg, lo que los convierte en el segundo félido viviente más grande después del tigre.”

Los 218 kilos de Ariel, el león de Melquiades, no lo hacía ver, para nada, ni más pequeño, ni más manso que los otros de su especie que conseguí en internet, era una muralla de pelos y dientes que eructaba rugidos que hacían vibrar los barrotes de su jaula.

Según Melquiades era tranquilo y hasta cariñoso, observaciones típicas que puedes escuchar del dueño que un Rottweiler, antes de que el animal te arranque la mano de un solo mordisco apenas el dueño te da la espalda.

Siete kilos de carne al día devoraba el manso Ariel en menos de cinco minutos. Yo hice mis cálculos y si le restaba los huesos, Ariel, el cariñoso, podía darse un banquete nada despreciable con la poca masa muscular que los ejecutivos de la disquera me exigían mantener, eso sin contar órganos y uno que otro residuo de grasa.

De martes a sábado estaban pautadas las grabaciones del video clip, todas comenzaban a partir de las once de la noche una vez finalizada la última función y se extenderían hasta no más de la seis de la mañana, ya que, de siete a una de la tarde, el circo necesitaba habilitar la arena para los espectáculos de ese día.

Yo decidí quedarme a dormir esa semana con Melquiades en su tráiler, bajo la excusa de sentir la magia circense como si de verdad viviera allí, todo en pro de un resultado final envidiable. Melquiades accedió con más entusiasmo del que imaginaba, lo que me facilitó, aún más, las cosas.

Logré convencer a mi viejo amigo -viejo por edad, no por trayectoria amistosa- que me permitiera alimentar a Ariel los días que me quedara con él para crear así un lazo “más amistoso” entre el felino y yo.

Melquiades se comió el cuento, pero Ariel no se comió nada en tres días, ya que los 7 kilos diarios de carne que le tocaban, lo repartía generosamente entre los otros animalitos del circo, los cuales sí me agarraron un cariño que ni se imaginan.

La última noche antes de la gran escena final del “cantante domador” Ariel estaba todo menos manso, hasta el mismo Melquiades estaba extrañado de la actitud intranquila del león que no dejaba de moverse ansioso, de un lado para otro, tras las rejas de su jaula.

-Eso es que debe estar nervioso con tantas cámaras, luces y  tanta gente que no conoce- le dije a Melquiades, el cual asintió un tanto convencido.

Esa noche del viernes las grabaciones terminaron temprano, ya a las 2 de la mañana todo era silencio alrededor de la gran carpa. Convencí a Melquiades de que le daría la comida a Ariel una vez que todos se hubieran ido para tratar de brindarle un poco de calma al pobre gatito.

Así, espiado sólo por las estrellas, llegué hasta la parte trasera de la jaula del enorme león y me le quedé viendo fijamente a los ojos. Fue como si supiese lo que me disponía a hacer y paciente, como todo buen comensal, esperaba hambriento a que le sirvieran el plato fuerte de la noche.

Poco a poco, fui quitándome la ropa y la fui mezclando, delicadamente, con la masa generosa y poco uniforme de carne, huesos y sangre que llevaba en el contenedor. Luego, dejando la puerta entreabierta, se la acerqué hasta la esquina más alejada de aquella gran jaula donde Ariel se daría banquete con lo que, a los ojos del mundo, un día fui yo, Gil, una de las estrellas más importantes de la música Pop.


CONTINUA…