Mi nombre es Gilberto Policarpo
Ordoñez Huamán y me imagino que por esta larga colección de nombres feos con
los que me bautizaron hace 32 años, los productores de la disquera decidieron
que me llamaría Gil.
Gil: Simple, monosílabo, fácil de
aprender como las canciones que canto, no como las que compongo, como las que
canto, obligándome a resumir su letra a la mínima expresión con la excusa de
hacerlas comerciales, ya que según ellos la gente no escucha, no lee, no
piensa… la gente como ellos, será.
Es tan distinto soñar con ser estrella
a vivir en el cielo…
Recuerdo que a los catorce no hacía
más que imaginarme rodeado de gente en el Estadio Universitario, saliendo con
unos jeans rotos y gritando: ¡Buenas Noches Caracas!, recibiendo inspirado y
pleno esa enorme lluvia de gritos, flores y pantaletas.
Era por ese sueño y las supuestas
leyes de la atracción que prácticamente despertaba, comía, caminaba, hablaba y
hasta iba al baño con mi guitarra. Aún escucho a mamá gritando:
-
Gilberto Policarpo
deja esa guitarra del carajo y ponte a estudiar.
-
Gilberto Policarpo
no cantes tan duro chiiiiiiiiiiiico, que no me dejar oír la novela.
-
Gilberto Policarpo tráeme la crema Nivea que te
voy a meter esa guitarra por el culo si no te callas ahora mismo!!!!!.
Esa madre
mía, siempre tan cariñosamente repetitiva y autóctona, a ella le compuse mi
quinto éxito, el cual llegó a romper record de ventas en Méjico y me valió un
doble disco de platino: ¿Por qué no te
callas tú?.
En esa
época, llegue a desarrollar tanto la imaginación que era capaz de sentir en
cada sueño el olor a cerveza con sudor típico de los conciertos, el sonido a
tierra justo antes de cada canción y hasta fantaseaba que le dedicaba canciones
a Penélope Cruz desde Las Ventas de Madrid, en un lleno total, para luego
llevarla en helicóptero hasta Toledo, donde le hacía el amor en la calle, detrás
de la Catedral de Santa María. Lo peor fue que llegué a hacerlo y de verdad,
verdad, fue más rico en mis sueños.
¿Y
quién no se convierte en todo un triunfador en sus sueños? En ellos nos vemos
más atractivos, más altos, más talentosos y desarrollamos una invencible
capacidad de volvernos invencibles. Sí, en nuestros sueños todo es perfecto,
hasta lo imperfecto es perfectamente imperfecto. El sentirnos dueños únicos de
nuestro destino, así sea sólo en estado alpha, nos permite olvidar que la
realidad del mundo entero es compartida.
Es por
esto que mis historias imaginarias de gran estrella pop siempre saltaron los
capítulos en donde me bajaba del escenario intoxicado y ansioso, las
innumerables noches de extrema soledad en el cuarto de un hotel, la pérdida de
interés en el sexo debido a su exceso, las ganas renunciadas de sólo salir a
comer un perro caliente a la esquina y caminar hasta la discotienda más cercana
a ver que hay de nuevo, como lo hacía antes y sin tener que conseguirme una
gigantografía mía recibiéndome e invitándome a comprar mi nuevo cd.
Esta
confrontación entre lo imaginado y lo que no, me ha llevado a tomar una
impostergable decisión: voy a matarme.
La idea
me vino justo el día siguiente de aquella entrega de premios en Miami dónde, al
despertarme en lo que quedaba de mi hermosa casa de Bayside, me vi rodeado de
tantos reconocimientos como de gente desnuda.
Esa
tarde -porque ya era de tarde- en medio de una ensalada de cuerpos noqueados por
los vicios y dentro de una olorosa alfombra de colillas de cigarrillos, copas
rotas y ropa interior de marca decidí planear mi inesperada despedida de este
mundo.
¿El
momento? - La grabación de mi nuevo video clip.
¿La
canción? - La vida es un circo.
¿La
causa? – Cualquiera menos una sobredosis de drogas, unas pastillas mal
recetadas o algún experimento pseudo-sexual que abochorne mi recuerdo ante los
ojos de toda esa gente que me siguió. Que triste es haber logrado tanto, para
luego terminar siendo recordado como aquel que consiguieron guindado en un
armario tratando de tener un orgasmo.
Mi
muerte tenía que ser distinta, creativa, alarmante y hasta irónica. Si bien
tomé la decisión de deshacerme de mi, estaba en todo el derecho de planificarme
un final sublime, inesperado, fuera de la caja. Memorable por lo distinto y no
por lo recurrente.
Fue así
como el escenario circense de mi nuevo videoclip se convirtió en musa fatalista
para elegir, dentro de una docena de alternativas, la más emblemática y casual
de las muertes.
“Quiero
hacerte reír, quiero hacerte soñar, quiero volverte niña de nuevo y entre
trucos de magia imaginar que con mis brazos te puedo domar…” .
Así, más
o menos, decía la canción donde yo, personificando a cada uno de los personajes
de un circo, le cantaba enamorado a una bella chica del público que al final del
video me alcanzaba en mi tráiler, a las afueras de aquella enorme carpa, para
hacer el amor insaciablemente entre bombas de jabón y algodón de azúcar; todo
en un rodaje de cinco días en las afueras de ciudad de Méjico.
Para
tal reto histriónico –reto aún mayor para mí, que actuando soy buen mecánico-
tuve que dedicar incontables horas de clase y ensayo al lado de payasos,
malabaristas, magos, escapistas y domadores de leones. Fue allí dónde empecé a
ponerme creativo con mi crónica de una muerte anunciada, como diría Gabriel
García Márquez.
La primera idea finalista: Un fulminante
ataque cardíaco fuera de libreto en el cuerpo de un payaso borracho.
Los
asistentes y el público aplaudirían eufóricos mi tremenda improvisación. Luego,
entre risas y palmas, el director argentino me gritaría –parate boludo, que no tenemos todo el día- Paso siguiente, veríamos
las caras de confusión de la gente al ver que pasan los minutos y no me levanto
del piso. Finalizaríamos el acto con el rostro de terror del asistente de
dirección que, al revisarme el pulso, asegura -no estaba actuando, se murió-.
Esta
idea la deseché casi de inmediato, aunque era súper-divertido pensar en morir con
una sonrisa pintada en la cara, no me daba mucha gracia pensar que la prensa
amarillista colocaría de titular: Murió por Payaso!!!.
La segunda idea finalista: Una muerte de
altura. Caer del trapecio cuando éste consiguiese su mayor altitud y
estrellarme como huevo frito fuera de la malla al lado del centenar de extras y
el equipo de producción.
Tiempo
de la caída: cerca de cinco segundos. Muy rápido y poco dramático, la gente no
apreciaría el preámbulo de mi muerte. Esas caídas sólo se ven en cámara lenta
en las películas. En la vida real, más de la mitad de los asistentes se
perderían la evolución de mi tragedia y, en consecuencia, todos inventarían una
versión distinta de mi expresión en el aire. Definitivamente esta no era la
vía, además iba a doler mucho.
A la tercera va la vencida:
“…y entre trucos de magia imaginar que con
mis brazos te puedo domar…”. Esta frase describió perfectamente la idea de lo
que sería mi honrosa despedida de este mundo.
Una de
las escenas más memorables del videoclip y a su vez más delicadas, era una en
la que aparecía cantando dentro de la jaula de un león, vestido de domador y,
látigo en mano, hacía que el enorme felino se postrara a mis pies.
Originalmente,
la escena se iba a hacer con un doble y luego, por cortes de cámara y edición,
lograríamos que pareciera yo todo el tiempo, pero “estratégicamente” me negué a
que un “imitador” tomara mi lugar y exigí ser entrenado para desarrollar, yo
mismo, todas y cada una de las escenas. Ellos lo tomaron como un capricho más
de otra estrella que quiere hacerse notar con sus extravagancias y pataletas,
cosa que fse adaptó perfectamente para mis planes.
Durante
dos semanas, todas las noches a las 10 y media, luego de la última función del
circo, era recibido por Melquiades, El Domador, para que me adentrara en el
peligroso arte de cómo dominar a las fieras. Melquiades era un hombre ya
bastante maduro, tendría unos 60 años y, como pasa casi siempre en este
ambiente, pertenecía a una legendaria familia de domadores que, por más de seis
generaciones, habían entretenido a millones de familia en todo el mundo.
-¡Llegó el cantautor!- decía cada vez que me
veía llegar, con un tonito que se balanceaba muy bien entre la admiración y la
burla.
-¿Cuándo me compones una canción, chico, o
es que acaso tú sólo le compones a las mujeres?.
-Las canciones no tienen sexo maestro, así
que cualquier día de estos lo sorprendo, quién quita…
Más
allá de la diferencia de edad, Melquiades y yo hicimos muy buenas migas desde
el primer día. Tomamos como hábito quedarnos después de cada sesión y tomarnos unos
cuantos traguitos de brandy que, según él, aclaraba más que la voz, el alma.
Fue así
como, entre brandy y brandy, fuimos desnudando los recuerdos y compartiendo
frustraciones. Me contó acerca de la única fiera que nunca logró domar, Irina,
una contorsionista rusa de la que se enamoró ciegamente a los veintitrés y que
le destruyó el autoestima a tal nivel que tuvo que retirarse un buen tiempo de
las jaulas por miedo a que los leones olieran su miedo a la soledad y
decidieran vengarse por tantos años de dictadura.
Yo le
hablé de Miranda, lo más cercano que he conocido al amor, la verdadera autora
de más de la mitad de mis canciones. Miranda, un nombre sin rostro, sin
historias más allá de las imaginadas, otra treta de mi mente con la que curaba
mi vacío y aupaba mi esperanza. Esta mala maña mía de querer imaginar las cosas
antes de darle el chance a que sucedan.
-Tú si eres guevón cantautor!!!! Con tantas
mujeres a tu alcance y te tienes que inventar una!!!!
-Estos doce años de carrera me han demostrado,
mi recién querido Melquiades, que todas esas mujeres hermosas y dispuestas se
le ofrecen a una marca y no a un hombre. Quieren a Gil, no a Gilberto Policarpo
Ordoñez Huamán.
-Y con ese nombre, mi cantautor, ¿quién te
va a querer nada? Jajajajaja.
Los
días fueron pasando y mientras aprendía más y más del viejo Melquiades, el
Domador de Vidas, como le terminé diciendo, al mismo tiempo fui dibujando a
detalle mi, cada vez más cercana, despedida de este mundo.
…
“El león (Panthera leo) es un mamífero carnívoro de la familia de los félidos y una de las cuatro especies del género Panthera. Los
machos, excepcionalmente grandes, llegan a pesar hasta 250 kg, lo que los
convierte en el segundo félido viviente más grande después del tigre.”
Los 218 kilos
de Ariel, el león de Melquiades, no lo hacía ver, para nada, ni más pequeño, ni
más manso que los otros de su especie que conseguí en internet, era una muralla
de pelos y dientes que eructaba rugidos que hacían vibrar los barrotes de su
jaula.
Según
Melquiades era tranquilo y hasta cariñoso, observaciones típicas que puedes
escuchar del dueño que un Rottweiler, antes de que el animal te arranque la
mano de un solo mordisco apenas el dueño te da la espalda.
Siete kilos
de carne al día devoraba el manso Ariel en menos de cinco minutos. Yo hice mis
cálculos y si le restaba los huesos, Ariel, el cariñoso, podía darse un banquete
nada despreciable con la poca masa muscular que los ejecutivos de la disquera me
exigían mantener, eso sin contar órganos y uno que otro residuo de grasa.
De martes a
sábado estaban pautadas las grabaciones del video clip, todas comenzaban a
partir de las once de la noche una vez finalizada la última función y se
extenderían hasta no más de la seis de la mañana, ya que, de siete a una de la
tarde, el circo necesitaba habilitar la arena para los espectáculos de ese día.
Yo decidí
quedarme a dormir esa semana con Melquiades en su tráiler, bajo la excusa de sentir
la magia circense como si de verdad viviera allí, todo en pro de un resultado
final envidiable. Melquiades accedió con más entusiasmo del que imaginaba, lo
que me facilitó, aún más, las cosas.
Logré
convencer a mi viejo amigo -viejo por edad, no por trayectoria amistosa- que me
permitiera alimentar a Ariel los días que me quedara con él para crear así un
lazo “más amistoso” entre el felino y yo.
Melquiades
se comió el cuento, pero Ariel no se comió nada en tres días, ya que los 7
kilos diarios de carne que le tocaban, lo repartía generosamente entre los
otros animalitos del circo, los cuales sí me agarraron un cariño que ni se
imaginan.
La última
noche antes de la gran escena final del “cantante domador” Ariel estaba todo
menos manso, hasta el mismo Melquiades estaba extrañado de la actitud
intranquila del león que no dejaba de moverse ansioso, de un lado para otro, tras
las rejas de su jaula.
-Eso es que
debe estar nervioso con tantas cámaras, luces y tanta gente que no conoce- le dije a
Melquiades, el cual asintió un tanto convencido.
Esa noche
del viernes las grabaciones terminaron temprano, ya a las 2 de la mañana todo
era silencio alrededor de la gran carpa. Convencí a Melquiades de que le daría
la comida a Ariel una vez que todos se hubieran ido para tratar de brindarle un
poco de calma al pobre gatito.
Así, espiado
sólo por las estrellas, llegué hasta la parte trasera de la jaula del enorme
león y me le quedé viendo fijamente a los ojos. Fue como si supiese lo que me
disponía a hacer y paciente, como todo buen comensal, esperaba hambriento a que
le sirvieran el plato fuerte de la noche.
Poco a poco,
fui quitándome la ropa y la fui mezclando, delicadamente, con la masa generosa
y poco uniforme de carne, huesos y sangre que llevaba en el contenedor. Luego,
dejando la puerta entreabierta, se la acerqué hasta la esquina más alejada de
aquella gran jaula donde Ariel se daría banquete con lo que, a los ojos del
mundo, un día fui yo, Gil, una de las estrellas más importantes de la música
Pop.
CONTINUA…

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