martes, 3 de agosto de 2010

El Cougar azul

Todavía recuerdo claramente aquel comercial de televisión en 1981, donde un locutor súper engolado decía con voz de meterte miedo: Nuevo Cougar V6, sedan!!!! Elegancia!!!, distinción!!!, potencia!!!!… “Grrruaaaaaauuuu” y salía un puma negro brincando a la pantalla.

Creo que esa fue la primera vez que me di cuenta de que cougar significaba puma en inglés.

El Cougar de mi papá era más bien azul, azul media noche, como le decía él; recuerdo que lo acompañé a buscarlo un miércoles a la avenida Victoria, a un concesionario de carros muy famoso en aquella época, donde, por cierto, otro locutor engolado le hacía publicidad a cada rato por la radio, recordándote que “se estribe Rootes, pero se pronuncia Ruts”.

De verdad, no recuerdo la cara de mi papá al verlo salir, pero lo cierto es que era un carrazo, una oda ochentera al lujo y el confort: asientos de terciopelo que se ajustaban automáticamente en altura y cercanía al volante con unos botoncitos que nunca logré destruir, volante forrado en cuero azul, radio con cassette incorporado, aire acondicionado, vidrios eléctricos al igual que la antena, espejos en los tapasoles y ese olor a nuevo que nada ni nadie puede imitar.

En aquel Cougar azul aprendí a manejar en las calles internas del Colegio San Ignacio, donde luego de la práctica de la Banda de Guerra, los sábados, me le pegaba a mi papá cual garrapata para que me diera unas clasecitas y así pavonear con mis compañeros de clases.

Con el tiempo las clases se hicieron menos necesarias, sobre todo cuando descubrí que en la ferretería de la esquina podían sacar copias de la llaves del Cougar, entonces empezaba la vigilia de ver cuando el viejo se quedaba dormido para salir a roletear por la Caracas de mediados de los ochenta. La Lechuga, Mr. Ribbs, PidaPizza, Partícular, el Droganfox y todos sus parkeros, fueron cómplices indirectos de mis hurtos motores, los cuales nunca tuvieron un final trágico; porque eso si tengo yo, manejo como una mierda, pero tengo una suerte que la hubiese deseado el mismísimo Zena.

Pero lo que me sobraba de suerte me faltaba de pilas, puesto que jamás se me ocurrió, después de mis acostumbradas roletas, llenar de nuevo el tanque de gasolina al nivel en que lo había encontrado, sobretodo luego de pasear con mis amigotes de Petare rumbo a la Pastora “recorriendo la montaña que decora mi ciudad”, como unas 17 veces por noche.

Por supuesto, el viejo lo sabía pero se hacía el loco y loco estuvo a punto de volverme cuando se le ocurrió quitarle, en más de una oportunidad, el cablecito del distribuidor. Era un cable del coño que ni se veía, el cual servía de capuchón a un tornillo de cobre que estaba por detrás de la bobina. Claro que estos términos mecánicos (distribuidor, bobina…) los domino hoy, veintipico años después, porque en aquel entonces era simplemente “el cable del coño!!!!”

¿Dónde coño va ese cable del coññññoooo???? gritábamos mi primo Rino y yo, tratando de conseguir el origen de tan absurda realidad. Creo que el desgaste de tantos intentos fallidos y tantas noches que se quedaron esperando hizo que se me olvidara como dimos con el contacto macho del cable del coño, pero lo que no se me olvidó más nunca fue echarle de nuevo gasolina al tanque.

Mis hurtos blancos del Cougar azul se acabaron a los 18 años, donde lo primero que hice después de apagar las velas de mi torta de profiteroles rancios fue irme con mi amigo Héctor a sacarnos la licencia a la oficina de Tránsito de San Bernardino.

Al llegar, la cola era inaudita y además, teníamos que presentar un examen teórico y otro práctico. En eso, se nos acercó una suerte de Dios Africano y se ofreció a ayudarnos por el módico costo de 50 bolivitas. Dios es Grande …y negro!!!! -exclamamos- y, por supuesto, le dimos la ofrenda a San Cuntaquinte, que después de sacarnos unas fotos carnet en la esquina, nos dijo que mañana, a golpe de 11, pasáramos a buscar nuestras licencias.

Sé que todos estarán pensando: Ajjjaaaaa ese negro los jodió!!!!!. Nada que ver hermanos, al día siguiente, a las 11 en punto, estaba Changó (sólo por lo chango, no por el santo) con nuestro par de licencias, perfectas, plastificadas y selladas, en las cuales Héctor y yo exhibíamos unas cabezotas descomunales estilo “Huevoduro”, aquel famoso personaje de la serie de suplementos de Condorito.

El pana trató de negar, por todos los medios, que las cabezas estaban alteradas. Tanto fue lo que insistió, tan buena fue su labia enriquecida por aquel metro noventa de altura y no menos de 1,60 mts. de ancho que, al final, nos fuimos agradeciéndole al bicho ese, que nos haya mejorado el aspecto craneal.

Por supuesto esas licencias duraron lo que una flatulencia en cama indígena (…lo que un peo en un chichorro). A la primera parada de fiscal POW!!!

El Cougar siguió sumando a su kilometraje y ayudándome, al mismo tiempo, a incrementar el mío con las chicas. Qué bueno era ese Cougar azul medianoche!!!!, discreto, espacioso, cómodo, reclinable y fiel, nunca me dejó botado; ese sí supo romper aquel mito urbano de que “si haces cosas en el carro se jode”. Balaceras en el Cementerio, botellazos en los Corales, atentados en El Paraíso, Policías en La Alameda; hasta una vez me sorprendieron dos PM en el mirador de San Román con la hija del Embajador de los Estados Unidos, que era menor de edad, y después de torturarnos psicológicamente 20 minutos, un poli le dijo al otro: ya no lo jodas más… es el pana del Cougar azul!!!

Entrando a los noventa ya nuestro querido Cougar empezaba a sufrir los desgastes del tiempo, el pobre ya tenía cerca de quince años y más de 150.000 kilómetros. Poco a poco, salían a flote las consecuencias de tantas idas a Bahía de Cata, Choroní, Margarita, Puerto La Cruz, Mérida… Empezó a pasar un poco de aceite, los vidrios se le dañaron, el techo de terciopelo se le despegó, se le estropeó el retroceso y yo, indetenible y pelabolas, salía orgulloso con mi Cougar azul, así durara 20 minutos estacionándolo por tener que retroceder a fuerza de piernas, cual Pedro Picapiedra.

De mis manos pasó a las de uno de mis mejores amigos, con él recorrió sus últimos kilómetros. El hueco negro en el que cayó la económica del país, se llevó consigo a Carlos, lo que le hizo imposible rescatar a nuestro querido Cougar de los desgastes de la tercera edad y de la ruina de sentirse solo y abandonado.

La última vez que lo vi, estaba parado, maltrecho, en una callecita escondida de Guaicay, los cauchos bajos, los vidrios abiertos, la pintura quemada y los faros ausentes; tan ausentes como su elegancia, su distinción y su potencia; tan ausentes como la esperanza de volver a ser lo que fue algún día y de volver a significar para alguien, lo que una vez significó para mí.

Con el tiempo llegaron nuevos amigos: el Skoda vinotinto, compañero de juergas tan transitorias como su paso por mi vida. El Volkswagen rojo, bonito, fiel y hippie. Las motos patoteras, más ruidosas que veloces. El Polo y la Caliber, los nuevecitos de agencia, que subieron mi autoestima y me ayudaron descubrir en carne propia lo que sintió mi viejo aquel miércoles del ´81 cuando vió, frente a frente, por primera vez, a su Cougar azul medianoche.

viernes, 23 de abril de 2010

La pelota de Tomás

-Qué pelota la de Tomás…!, comentaban todos, disimuladamente, cada vez que lo veían pasar arrastrando por el piso aquella enorme pelota de grasa y piel que le brotaba de la parte más alta de su pierna izquierda, tal y como si fuera un icaco gigante brotando de la rama más delgada de su árbol.

¿Cómo pudo aquello que comenzó como un simple e imperceptible absceso convertirse en una pierna embarazada de nueve meses?. Sencillo, aunque inexplicable para muchos médicos: por una debilidad cardíaca de la que empezó a padecer Tomás desde el primer día que retomó su trabajo en aquella oficina.

Y no fue por el estrés que le provocaba tener que reiniciar su vida en el mismo país que decidió abandonar para buscar mejores oportunidades y una vida más digna. Y no fue por la suma de las veces que tuvo bajar la cabeza cuando se conseguía amigos y no tan amigos que le preguntaban por qué se había regresado. Tampoco fue por el impacto emocional que desató su reciente divorcio de aquella chica de la que, por cierto, se había enamorado en esa misma oficina años atrás y de la que sólo le quedaban un hijo compartido, alergia a los recuerdos y largos silencios. Menos culpable fue aquella colección de noches evasivas llenas de alcohol, cigarrillos y desgaste que tomó como digna terapia de transición.

Su anomalía tenía otro origen, un origen específico y claramente identificado a tan sólo dos escritorios del suyo. Un epicentro a tres metros y medio de distancia y con nombre de mujer: Isabel.

Tenían historias demasiado paralelas, por eso siempre andaban juntos pero nunca se tocaron. Al verse, se reconocieron claramente como consecuencias de la realidad social actual. Ambos divorciados, víctimas de una infidelidad declarada, con un hijo en la cartera y una mezcla de desconfianza con ingenuidad deseosa de ser conversada.

Primero nació la empatía, luego nació la ilusión. Una ilusión de dos de la que se apoderó solo uno. Y así Tomás empezó a cargar con la ilusión de hacerla su mujer y con la ilusión de que ella lo veía como ese tan esperado héroe, de cabellos largos y portentosa armadura, que llegaba de lejos a rescatarla de aquel mundo de terror e injusticia que le había tocado vivir.

Pero nada pesa más que cargar con dos ilusiones y aquel peso, como todo gran peso, le provocó una hernia, una hernia emocional en la parte más alta de su pierna izquierda.



Esa mañana Tomás se despertó rascándose frenéticamente el muslo, miró y se descubrió un pequeño abultamiento, el cual asoció de inmediato con una simple picada de hormiga.

- ¡Coño que picazón, …su madre!, exclamó durante toda la mañana, notando que la picada cada vez se le inflamaba más. Fue a la farmacia y se compró una pomada que se empezó a aplicar 2 veces al día, por siete días. Pronto el dueño de la farmacia lograría pagar la electricidad de todo el local gracias a la cantidad de pomadas y otros “menjurgues” que compraba Tomás todas las semanas.

De picada pasó furúnculo, de furúnculo a quiste, de quiste a pelota de tenis y del tenis a la jodedera.

-¡Tomás sácate la pelota del bolsillo!.
-¡Tomás, tú sí que tienes bolas!.
-¡Tomás, pelotudo!

Tanta era la jodienda de los amigos de Tomás, que hasta su hijo un día, pensando que lo de la pelota era en serio, se la pidió para jugar con sus amiguitos en el colegio. El pobre chamo no entendía que la famosa pelota del bolsillo de su papá no existía, pues veía claramente el bulto en el pantalón y al ver que su progenitor se negaba a prestársela, armó tremendo berrinche en pleno colegio, convirtiendo al pobre Tomás en el centro de las críticas y miradas despectivas de cuanta vieja cacatúa y madre abnegada se encontraba en el recinto. Hasta uno de los curas se acercó insistiéndole: pero préstele la pelota al niño…!!!

El tiempo fue pasando y su pelota fue creciendo, así como también crecía su ilusión por Isabel.

Bajaban a fumar, almorzaban juntos, chismeaban de sus compañeros de la oficina, se escribían los fines de semana… Lástima que una misma canción puede significar cosas tan diferentes dependiendo de quien la escuche. Eran dos personas paradas en el mismo lugar, una al lado de la otra, tomadas de la mano, pero la de la izquierda miraba al norte y la de la derecha, al sur.

Y así, mientras Tomás se enamoraba más y más, Isabel se sumergía en cuanta relación turbulenta y conflictiva le pasaba por enfrente. ¿Cómo se puede tener tanta suerte para encontrarse con tal número de fracasados en una misma vida?

Alcohólicos, estafadores, desempleados, drogadictos, vividores, bicuriosos… todos desfilaron por el corazoncito resentido de Isabel y, de todos y cada uno ellos, Tomás tenía un resumen curricular específico y extenso, donde se leía claramente: fecha de ingreso, logros emocionales, fortalezas sexuales, referencias de terceros, áreas de oportunidad, debilidades y, por supuesto, la tan esperada fecha de egreso.

Poco a poco, mientras su pelota iba cobrando nuevas dimensiones, Tomás se iba convirtiendo, cada vez más, en parte fundamental e imprescindible de la vida de Isabel. Psicólogo, Abogado, Pastor, entrenador personal, cuenta cuentos, chofer… todo, menos amante. Que duro es conocer a detalle la vida de la persona que amas, participar en sus decisiones, en sus alegrías y tristezas, estar presente en sus amaneceres y en sus ocasos, pero no tener derecho a tocar ni un centímetro de su cuerpo.

Sin duda, eso pesa bastante…



Quince kilos ya pesaba la pelota de Tomás para Septiembre y como era de esperarse, ya ningún pantalón le servía, no le quedó más remedio que inventar que se había unido a una religión africana y que parte del rito de iniciación era andar vestido con una amplia túnica en colores tierra, que de alguna manera le mal-disimulaba la, ahora, “pelota de Basket” que sobresalía a su izquierda.

En esos tiempos la compañía mandó a Tomas a cerrar unos contratos a Ciudad de Méjico, por supuesto tuvieron que comprarle pasaje en primera clase, pues en la ejecutiva no cabía con su inseparable acompañante. El verdadero problema lo tuvo de regreso, cuando lo detienen en inmigración por su sospechosa forma de caminar y a la vez de intentar esconder, dentro de su bata africana, una especie de enorme paquete sin ningún tipo de justificación.

-¿Nos acompaña por favor?
Tomás palideció y no pudo disimular sus nervios, lo que empeoró las cosas.
-Quítese la ropa, por favor.
-Pero amigo, ¿cree usted que esto es necesario?
-Quítese la ropa, por favor, repitió sin expresión alguna el oficial de inmigración.

Entonces Tomás dejó caer al piso su amplia bata africana, quedando totalmente al desnudo de una sola vez, pues ni la más elástica ropa interior podía ya atravesar la inmensidad de su pelota.

La cara de los oficiales palideció, no hacían más que ver fijamente la pelota de Tomás, atónitos, retraídos, ausentes.

De repente, la expresión de uno de ellos empezó a despertar y gritó alarmado: ¡Se le bajó la droga manito, se le bajó la droga!!!!

-¡No seas bruto chico!, eso no es droga conejo, eso es tremendo poporo!!!

Ambos oficiales se miraron, no aguantaron soltar tremenda carcajada. Sus gritos y risas se escuchaban afuera.

-Bueno, pero ¿cuál es el chaleco?, fue lo único que se le escuchaba decir entre dientes a Tomás, mientras terminaba de acomodarse su bata y salía a formarse en la cola para entrar a su avión.



Fueron muchos los intentos de Tomás por llegar al corazón de Isabel: chocolates, flores, cenas, libros, hasta serenatas… y mientras más intentaba Tomás, más grande se hacía su pelota y más ajena se volvía Isabel.

Esa Navidad, cuando la única manera que encontró para poder ir a la cena de Noche Buena de sus amigos fue disfrazarse de San Nicolás -adivinen quién era la bolsa de regalos-, Tomás decidió operarse.

Bastó una consulta para que el médico le pusiera fecha y hora a la operación: 17 de enero, 7:30 de la mañana. Todo estaba listo, el quirófano impecable, la corte de enfermeras en su tradicional uniforme de campaña y la habitación 208 anhelante de un nuevo huésped. Pero ese día, a esa hora, Tomás no se presentó.

Esa mañana, desnudo frente al espejo, se percató que había pasado tanto tiempo con su pelota que ya la quería más que a Isabel, más que a su trabajo, más que a su hijo, más que a su imagen original. Ya era parte de su piel, carne de su carne, compartía su tiempo, su cama, su alma. La abrazaba en esas largas noches de ansiedad, hablaba con ella, la acariciaba, hablaba con ella, la defendía de los perros de la cuadra cuando la sacaba a pasear, le regaló un tatuaje de henna y hasta lloró la noche anterior a despedirse de ella. La vida los había hecho uno, Tomás y su pelota, la pelota y su Tomás. Ahora lo comprendía y no tenía ni el valor ni las ganas de separarlos.

...y allá va Tomás, arrastrando orgulloso su gran pelota, esa enorme pelota de piel y grasa que le brota de la parte alta de su pierna izquierda. Ahí va, sin importarle un bledo que la gente lo vea, lo que digan, lo que inventen… total, en este mundo lleno de almas solitarias que nunca coinciden, muchos quisieran tener, al menos, una pelota como la de Tomás.

miércoles, 21 de abril de 2010

Nostalgia 23



Lo que hace seductoras a las historias de amor es, definitivamente, que siempre parecen escritas por todos, menos por quienes la vivieron; como si uno no tuviera poder de dedición o como si nuestros actos no incidieran de forma directa y decisiva sobre lo que sucede.

La mía, en esta oportunidad, parece un batiburrillo entre Cesar Miguel Rondón, Horacio Quiroga y Neruda. Es una novela sin prólogo porque no había nada que decir de mi, ni de ella, antes de que nos encontráramos aquella tarde en Buenos Aires.

Recuerdo aún el resultado de aquellas ya incalculables noches de bohemia motivadas por la efervescente libertad de sentirme de nuevo soltero; como siempre suele ocurrir, fue de una soledad inundante, corrosiva, traidora. Creo que uno no sabe lo solo que puedes llegar a estar hasta que no decides rodearte de todo clase de personas. Allí entiendes la soledad de un cantante en medio de un concierto o la de un político en pleno meeting. Soledad escondida tras un antifaz de ego y prepotencia. Soledad farsante. Soledad alucinante.

Que ironía que en un mundo que actualmente supera los 6.500 millones de personas, sólo te haga falta una para sentirte realmente acompañado…

Y ahí iba yo, caminando por la calle Florida cuando irrumpió a mi paso una linda mina. “¿Querés conocer un cafecito nuevo que abrieron aquí cerca?. Hacen 3 grados acá afuera, ¿no tenés frío?, Andá, que así me gano yo también unos pesos; no he llevado a ningún cliente hoy”.

Marcela parecía todo menos porteña, era más bien achinada, con grandes labios, tez trigueña y cargaba una chamarra blanca con líneas negras. Al principio desconfié –imagínate llegar a Caracas sin un riñón- pero decidí aventurarme ya que era mi última tarde antes de volver a casa.

De café no tenía nada. Era más bien una apología diurna del bar del Lado Oscuro del Corazón: Sillones rojos, luces tenues, dos batitubos y tres turistas extranjeros, todo en 30 metros cuadrados. Eso sí, había un piano en el fondo y más que preguntar a que hora bailaban las chicas, le pregunté a Marcela si alguien tocaba ese racimo de teclas a punto de desbaratarse en aquel rincón.

-Es un viejito medio pelotudo. Toca tango, comienza como a las seis-me dijo. Como no tenía nada mejor que hacer, me eché en un sofá.

“Si yo tuviera un corazón, el mismo que perdí, si yo pudiera como ayer querer sin presentir…” Sonaba viejo, desafinado, romántico …tal y como es el tango. Ya con tres whiskys encima, se apoderó de mi esas indomables ganas de cantar. Recordé que el tema de amor en aquella película de Eliseo Subiela se llamaba “Algo Contigo”, la cantaba Marta Sierra Lima con Los Panchos; pero esa noche me tocó a mi y al viejito pelotudo.

-¿Preferís cantar que mirar?, lo digo porque cantabas con los ojos cerrados.-
En algo tenía razón: mis ojos estuvieron cerrados toda la tarde hasta que la vi a ella.

Ella, con un pelo de miel que le chorreaba hasta la cintura, con un cuello de tortuga negro desenrollado, que le tapaba la nariz. Ella, de ojos grandes, manos largas y blanca como un buen susto.

-¿De dónde sos vos?
-De Venezuela, contesté.
-Ah, Venezolano …que chévere!!!! ¿Eres de los que aman o de los odian a Chávez?
-De los que no esperan nada, para así siempre tener la certeza que se va a recibir algo.
-Ahhh, también sos poeta, yo que pensé que sólo eras intérprete.
-Publicista.
-A ver, ¿cómo le harías publicidad a mis ojos?.
-No pierdas guita, se venden solos.

Solo con sus ojos me quedé hasta que era más temprano que tarde. Hablábamos y nos mirábamos y nos volvíamos a mirar, como si nos fuésemos a quedar ciegos al dejar de mirarnos. Al ritmo del tango “Nostalgia” llegaron los tan esperados besos: rozantes, inseguros, temblorosos, poco a poco confianzudos y picantes. Sus labios no besaban, hablaban en los míos, me decían cosas en un idioma nuevo, fascinante; nuestras lenguas traducían el discurso y nuestras manos lo hacían para los sordos.

Pero siempre es peligroso dejar tu mente delirar por tanto tiempo. Se te pueden ocurrir cosas inauditas.






Tengo que admitirlo. Se me subió el tango a la cabeza: el bar, la mina, el frío, la película de Subiela, el cuello de tortuga y los besos, aquellos besos.

Mi vuelo salía a las 12 y ya eran las 8:30 de la mañana. Yo en la Costanera con cara de zombi y ganas de comerme cada centímetro de aquel metro setenta de cuerpo que me abrazaba junto a Mar de Plata.

-¿Nos volveremos a ver?, dijo ella.
-No lo se. Es la primera vez que vengo a Buenos Aires y fue por trabajo, completamente casual.
-Pero a lo mejor tenés que regresar de nuevo un día.
-Y tú, ¿vas a esperarme?
-No lo se. Quisiera, pero no lo se.
-Vamos a hacer algo: juguemos al destino. Total él es el único culpable de que estemos aquí. No me des tu teléfono, ni me pidas el mío, tampoco tu dirección. Como lo nuestro fue pura conexión, dejémoslo a la red.
-???
Al llegar a Caracas voy a meterme en Yahoo. y abriré un correo electrónico. A ver, a ver, como le pondríamos….
Ella saltó como si la hubiese picado una hormiga
-Nostalgia, como el tango.
-Nostalgia 23 –dije yo- para que no se nos olvide ni el tango ni el día.
-Me parece bien…
-Si al solicitar el ID, éste está disponible, activo la dirección y como clave le pondré 1234567. Allí tu podrás entrar el lunes en la tarde y encontrarás un correo con todos mis datos: teléfonos, dirección, email y un montón de cursilerías que seguro te escribiré durante el vuelo.
-¿y si ya existe la dirección?.
- Habló el destino.

Señores lectores, compañeros durante este pocote de líneas: Jamás imaginé que hubiese tanta Nostalgia conectada en este perro mundo!!!!!!

¿A qué otro individuo fuera o dentro de sus cabales se le ocurría abrirse un correo electrónico con el nombre de nostalgia23@yahoo.com? Capaz que fue al pelotudo viejo del piano…






“Nostalgia de escuchar su risa loca
y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración.
Angustia de sentirme abandonado
y pensar que otro a su lado
pronto, pronto le hablara de amor…”

La habré escuchado hasta la inconsciencia, por todos los intérpretes habidos y por haber; hasta en francés la balbuceaba entre llantos y tragos. Era insoportable hasta para los vecinos.

-Apaga eso, enfermo!!!,
-Ponla al menos en regeaton...!!!!

Luego quise utilizar la estrategia del cuéntalo, cuéntalo y cuéntalo hasta que te canses y se te olvide. Así fue como me convertí en vendedor ambulante de mi historia de despecho.

Con los amigos:
-Hermano, tiempo sin verte, te vez muy bien pana…
-Sólo por fuera, no tienes idea de cómo estoy por dentro compa, imagínate que…

En el restaurante:
-¿Qué desea el señor?
-Algo bajo en colesterol que tengo el corazón delicado, imagínate que…

En la oficina:
Para esta campaña creo que Internet no es el medio más indicado, está demasiado corrompida, abrumada, No creo para nada en la efectividad de este medio y mucho menos en Yahoo, imagínate que…

Cuenta y cuenta y cuenta, pero el cansancio no aparecía y el olvido ni asomaba la frente. Mis amigos, poco a poco, se empezaron a aburrir y hasta la guitarra me pedía acordes distintos, no tanto menor, no tanta nostalgia.

Fue en uno de esos momentos “menores" cuando sonó el teléfono de la casa:

-Hola, es Hidroven?, Comuníqueme con la Señora Carmen, por favor.
-No, amigo, está equivocado.

A los 30 segundos:
-¿Aló Hidroven?. La Señora Carmen por favor…
-Amigo le dije que estaba equivocado.

A los 2 minutos:
-¿Eso es Hidroven?
-Hermano es la tercera vez que llamas y es la tercera vez que te digo que esto no es ninguna Hidroven del coño, como te lo explico…
-Es que acabo de llamar a información y ese fue el número que me dieron…

¿Información?, ¿Número?, ¿Idiota?.

El único testimonio físico, ajeno a mi piel, que me había quedado después de aquella noche era la factura de 857 pesos que me habían acribillado en aquel “cafecito nuevo que abrieron aquí cerca”. La tuve que guardar a ver si me la aceptaban como gastos de representación en la oficina. Factura… vamos por ti!!!!!

Café Le Piaf, Galerías del Este, Florida, Buenos Aires. Sólo quedaba contactar a información de Telefónica Argentina y preguntar por el número del “cafecito”.

-Discúlpeme señor, no tenemos nada registrado bajo ese nombre en nuestra base de datos.

¡La recontraconcha de su madre!!!!!!!!. De seguro estaba registrado bajo esos nombres claves para “cafecitos”; algo así como Representaciones TOTI 2000, c.a.; pero tranquilo, piensa, piensa. ¿Qué quedaba por allí?.

Primero llamé al Marriot que quedaba a 1 cuadra, le monté el drama que se me había quedado la billetera en este local y no hallaba manera de comunicarme con ellos.

El servicio cinco estrellas se quedó en la fachada, no me dieron ni bola. Entonces recordé que frente a la añorada Galerías del Este quedaba un Mc Donals. Llamo de nuevo a Telefónica.

-Disculpe me podría dar el teléfono del Mc Donald de la calle Florida.
- ¿Cuál de los 4?
-¿Ahhhh?
-Sí, hay cuatro. ¿Cuál de todos?.
-Todos!!!

Y así, mis queridos compañeros de líneas, decidí honrar de por vida al payaso de Ronald McDonald y a su grasiento Cuarto de Libra, pues, al segundo intento y después de un drama Telefónico que nada tuvo nada que envidiarle a una novela de nuestra amiga Delia Fiallo, conseguí que un cajero de estas cadena cruzara la acera y me consiguiera el tan deseado teléfono del Café Le Piaf.






El parkinson hecho corazón. Es la mejor manera de describir mi pulso cada vez que marcaba un número más que me acercaba a mi “Nostalgia23”

Continuará...

sábado, 20 de febrero de 2010

Amor en blanco y negro

“Una vida, hasta esa noche, perdida en la letra de un abecedario que nunca podré pronunciar. Una vida que se volvió a perder, esta vez para siempre, en su recuerdo, en su distancia, en mi anhelo“. Eran comienzos del año 2000 y el mundo seguía exactamente igual, no hubo cataclismos decisivos, ni ángeles batallantes y juzgadores bajando a la tierra en busca de almas pecadoras o santas; en palabras simples: el mundo no se acabó y yo, sobreviviente de la nada, me la pasaba, al igual que en el siglo pasado, desocupado y recorriendo las calles, esperando a ver qué caía. Mi zona era la “U“ que comprendía la avenida Rómulo Gallegos con la principal de Sebucán y la avenida Sucre de los Dos Caminos, en una Caracas recién bautizada de revolucionaria y socialista, donde todavía habían carros del año y un dólar libre. En esa continuación de calles tan cercanas y distintas me la pasaba prácticamente todo el día, todos los días, sin otra misión más importante que la de conseguir comida para cuando llegara el hambre. Aún recuerdo, con un poco de nostalgia, mi época útil. Siempre tuve un alma servil y después de graduarme con honores, me dediqué a la ayuda humanitaria. Fue una etapa muy agitada pero también muy fructífera, donde gracias a mi vocación y juventud pude hacer felices a muchos, desde ancianos distantes hasta niños abandonados. Pero la vida da muchas vueltas, te tienda, te seduce y te lleva, sin darte cuenta, detrás de cosas que aunque no sepas muy bien qué son, no te les puedes negar. Poco a poco te vuelves adicto, alucinas, te entregas y al volver en sí, ya es muy tarde para regresar. Terminas perdiéndote, como terminé yo, perdido en estas tres largas calles que, sin quererlo, se convirtieron en mi nuevo hogar. Con el pasar de los días, las aceras me adoptaron y aunque al principio la gente me tenía miedo por mi aspecto desaliñado y sucio, poco a poco se fueron acostumbrando a verme pedir limosnas, a mi manía de hurgar la basura para ver que conseguía y a mis arranques desquiciados de ansiedad que me hacían correr de un lado a otro sin razón aparente. Es impresionante como una simple “U“ puede convertirse en todo tu abecedario. Era fascinante ver como las cosas cambiaban radicalmente de una esquina a la otra. Sebucán era la Paz, la armonía escondida entre la sombra de grandes árboles y la brisa de la tarde. La Sucre era todo lo contrario, era la energía intoxicada de una ciudad que lucha por sobrevivir, suciedad, humo, ruido y la confusión que produce esperar anhelante el final de cada día sabiendo, tristemente, que sólo significa el comienzo de otro que será exactamente igual al anterior. La Rómulo era como el Purgatorio, ese lugar confuso e intermedio de donde quieres salir rápidamente para enfrentar lo que venga después, sea cielo o infierno. En la “U” pasé cerca de cuatro años de mi vida, que para mí es mucho decir, pero de aquellos mil ochocientos veinticinco días, sólo quiero hablarles de los últimos treinta y dos. Todo comenzó una tarde, después de almorzar donde mi amigo Luigi, el Carnicero, un italiano gordo y sensible que me elegiría como su paño de lágrimas después que su esposa lo abandonara por un malabarista hippie. Mi cualidad innata de escuchar atentamente sin emitir opinión alguna, logró convertirme en invitado de honor en sus monólogos de la vagina infiel, que repetía a calco cada vez que nos reuníamos, mientras me invitaba la comida. Al salir, seguí rumbo a la universidad para encontrarme con la pandilla de las tardes. Iba tipo tranquilo, a mitad de la Rómulo Gallegos, cuando de repente la vi… Blanca leche, de mirada serena y cabello rizado, largas piernas y la mejor cola que he podido ver en mis ocho años de vida perruna. Me acerqué al vidrio de la tienda de mascotas y me levante en dos patas para verla mejor a través del vidrio y así logré que nuestras miradas se encontraran. Era prácticamente una niña y yo un cuasi-salchicha, hijo natural y con la mandíbula cansada de tanto masticar. ¿Qué diría la pandilla si me viera? Perro Verde!!, Puppi Chow!!!!. Ay sí… -les diría yo- si el amor no tiene horario ni fecha en el calendario para un caballo viejo, entonces menos para un cacri como yo… Así empezaron mis días enteros de contemplación hipnótica, sentado frente a aquel aparador, viendo a Brenda. Un día pasó Luigi, el Carnicero, y me pilló haciéndole malabares con un par de mangos vedes y estuvo dos semanas burlándose de mí… La sua mamma!!!! Mi presencia en la fachada de aquella tienda se hizo cada vez más incisa y, tengo que admitirlo, hasta un poco enfermiza, tanto, que había momentos en que los clientes sentían miedo de entrar por temor a que los mordiera. Clarisa, la encargada, salía por lo menos 10 veces al día con una escoba a espantarme, pero de nada servía, porque a los pocos minutos, estaba de vuelta con otro obsequio para Brenda. Le traía toda clase de regalos que encontraba por la “U”. Huesos de pollo a la brasa, pancitos dulces que me regalaba Pilar la de la panadería, cerecitas de árbol, latas de refrescos y hasta los recortes de solomillo que me brindaba Luigi. Todo lo ponía allí, como en un altar, frente aquel vidrio manchado por las huellas de mis patas sucias. Las noches eran un todo tormento, pues a golpe de seis y media, Clarisa sacaba a Brenda del aparador y la llevaba adentro para que durmiera. Entonces me tenía que conformar sólo con su olor, porque eso sí tenemos los canes, no importa que seamos hijos naturales o de raza, nuestro olfato es incorruptible y el olor de Brenda era más certero que las pulgas que acompañaban mi pelaje: ese aroma a champú de fresa con galletas caras, colonia Mennem y un acento de FrontLine, güau!!!!! Nunca olvidaré aquella noche en que unos malandros forzaron la puerta y entraron a robar la tienda, pobres novatos… robar una tienda de mascotas… Luego de voltearla barriga arriba, se dieron cuenta que los collares para perros y la comida de animales no tienen ningún valor en el mercado negro. Sin embargo, su inexperiencia hamponil, a puertas abiertas, me regaló la mejor noche de mi vida. Una vez adentro, la encontré escondida bajo de unas cajas de Eucanuba, estaba temblando de miedo, me acerqué poquito a poquito, tenía el corazón en la boca, mi pobre cachorrita… Nuestros ojos se encontraron en medio de todo aquel desorden, no pudimos pronunciar ladrido alguno. Me acerqué y le lamí la oreja izquierda, ella se retorció en mi cuello ansiosa; entonces me dirigí a la puerta de salida y la miré invitándola a seguirme, pero era muy chica, la calle para ella era una aventura impensable, no quise presionarla, así que me devolví y empezamos a jugar. Comenzamos con mordiscos leves y vueltas por el piso, luego fue imposible no empezar a babear. Su cercanía, el roce de sus patas, de su pelo y el chocar torpe de nuestros dientes, le abrieron paso a nuestras lenguas y a mis ansias de cariño de perro callejero, que consiguió en su inocencia derretida, la euforia y la alegría que perdí años atrás, cuando alguna vez fui joven, cuando alguna vez tuve dueño. A partir de esa noche mi dueña era ella, dueña de mis besos, de mi cuerpo, de mi fidelidad. Sus ojos eran mi nueva correa y, en ella, una placa con su nombre: Brenda… Brenda… si me pierdo otra vez, llévenme con Brenda, la poodle blanca leche, ella es mi hogar, mi jefa, mi dueña. Su hocico mordía suavemente mis patas delanteras, manteniendo ese aire juguetón, yo me revolcaba boca arriba mientras buscaba sus orejas. Ella gruñía perdida en esa sensación que su núbil cuerpo no había experimentado jamás, una nueva cosquilla totalmente disímil a la tradicional rascada de barriga que le regalaba algún cliente de la tienda. Yo me sentía volar en lo más alto del cielo, cuando de repente aterricé en picada de un solo escobazo!!!! Al voltear, vi borrosamente a Clarisa, la dueña de la tienda, con los ojos desorbitados y un berenjenal de gente detrás gritándome y queriéndome echar mano, todos acusándome de ser responsable del intento de saqueo y de su consecuente desastre. Salí como pude, escurriéndome entre las piernas y los golpes de toda esa masa de gente rabiosa. Volteé a ver si Brenda venía tras de mi, pero ya la tenían cargada y la estaban metiendo en un Kennel. Terminé con la pata trasera izquierda fracturada y mi hocico sangrando, escondido bajo un carro, detrás de la bomba de Los Chorros. Estuve dos días echado sin poder moverme, viviendo de la caridad de dos mendigos que se hacían la ilusión, que una vez recuperado, los acompañaría a conmover gente para conseguir mejor limosna. Al tercer día, cojeando, me acerque por la tienda. Ya estaba abierta, la puerta remendada con una placas de aluminio y la vitrina totalmente vacía. Traté de echar un ojo adentro a ver si veía a Brenda, pero no logré ver más que su kennel vacío. Esa misma escena se repitió día tras día, una semana y otra… y otra… evidenciando una normalidad a la que no pude acostumbrarme. Mi olfato nunca fue el mismo después de la paliza, quizás por ello no pude encontrarla o quizás es eso lo que me obligo a creer. Los perros vemos todo en blanco y negro pero ella hizo mi vida de colores. Una vida, hasta esa noche, perdida en la letra de un abecedario que nunca podré pronunciar. Una vida que se volvió a perder, esta vez para siempre, en su recuerdo, en su distancia, en mi anhelo.