sábado, 20 de febrero de 2010

Amor en blanco y negro

“Una vida, hasta esa noche, perdida en la letra de un abecedario que nunca podré pronunciar. Una vida que se volvió a perder, esta vez para siempre, en su recuerdo, en su distancia, en mi anhelo“. Eran comienzos del año 2000 y el mundo seguía exactamente igual, no hubo cataclismos decisivos, ni ángeles batallantes y juzgadores bajando a la tierra en busca de almas pecadoras o santas; en palabras simples: el mundo no se acabó y yo, sobreviviente de la nada, me la pasaba, al igual que en el siglo pasado, desocupado y recorriendo las calles, esperando a ver qué caía. Mi zona era la “U“ que comprendía la avenida Rómulo Gallegos con la principal de Sebucán y la avenida Sucre de los Dos Caminos, en una Caracas recién bautizada de revolucionaria y socialista, donde todavía habían carros del año y un dólar libre. En esa continuación de calles tan cercanas y distintas me la pasaba prácticamente todo el día, todos los días, sin otra misión más importante que la de conseguir comida para cuando llegara el hambre. Aún recuerdo, con un poco de nostalgia, mi época útil. Siempre tuve un alma servil y después de graduarme con honores, me dediqué a la ayuda humanitaria. Fue una etapa muy agitada pero también muy fructífera, donde gracias a mi vocación y juventud pude hacer felices a muchos, desde ancianos distantes hasta niños abandonados. Pero la vida da muchas vueltas, te tienda, te seduce y te lleva, sin darte cuenta, detrás de cosas que aunque no sepas muy bien qué son, no te les puedes negar. Poco a poco te vuelves adicto, alucinas, te entregas y al volver en sí, ya es muy tarde para regresar. Terminas perdiéndote, como terminé yo, perdido en estas tres largas calles que, sin quererlo, se convirtieron en mi nuevo hogar. Con el pasar de los días, las aceras me adoptaron y aunque al principio la gente me tenía miedo por mi aspecto desaliñado y sucio, poco a poco se fueron acostumbrando a verme pedir limosnas, a mi manía de hurgar la basura para ver que conseguía y a mis arranques desquiciados de ansiedad que me hacían correr de un lado a otro sin razón aparente. Es impresionante como una simple “U“ puede convertirse en todo tu abecedario. Era fascinante ver como las cosas cambiaban radicalmente de una esquina a la otra. Sebucán era la Paz, la armonía escondida entre la sombra de grandes árboles y la brisa de la tarde. La Sucre era todo lo contrario, era la energía intoxicada de una ciudad que lucha por sobrevivir, suciedad, humo, ruido y la confusión que produce esperar anhelante el final de cada día sabiendo, tristemente, que sólo significa el comienzo de otro que será exactamente igual al anterior. La Rómulo era como el Purgatorio, ese lugar confuso e intermedio de donde quieres salir rápidamente para enfrentar lo que venga después, sea cielo o infierno. En la “U” pasé cerca de cuatro años de mi vida, que para mí es mucho decir, pero de aquellos mil ochocientos veinticinco días, sólo quiero hablarles de los últimos treinta y dos. Todo comenzó una tarde, después de almorzar donde mi amigo Luigi, el Carnicero, un italiano gordo y sensible que me elegiría como su paño de lágrimas después que su esposa lo abandonara por un malabarista hippie. Mi cualidad innata de escuchar atentamente sin emitir opinión alguna, logró convertirme en invitado de honor en sus monólogos de la vagina infiel, que repetía a calco cada vez que nos reuníamos, mientras me invitaba la comida. Al salir, seguí rumbo a la universidad para encontrarme con la pandilla de las tardes. Iba tipo tranquilo, a mitad de la Rómulo Gallegos, cuando de repente la vi… Blanca leche, de mirada serena y cabello rizado, largas piernas y la mejor cola que he podido ver en mis ocho años de vida perruna. Me acerqué al vidrio de la tienda de mascotas y me levante en dos patas para verla mejor a través del vidrio y así logré que nuestras miradas se encontraran. Era prácticamente una niña y yo un cuasi-salchicha, hijo natural y con la mandíbula cansada de tanto masticar. ¿Qué diría la pandilla si me viera? Perro Verde!!, Puppi Chow!!!!. Ay sí… -les diría yo- si el amor no tiene horario ni fecha en el calendario para un caballo viejo, entonces menos para un cacri como yo… Así empezaron mis días enteros de contemplación hipnótica, sentado frente a aquel aparador, viendo a Brenda. Un día pasó Luigi, el Carnicero, y me pilló haciéndole malabares con un par de mangos vedes y estuvo dos semanas burlándose de mí… La sua mamma!!!! Mi presencia en la fachada de aquella tienda se hizo cada vez más incisa y, tengo que admitirlo, hasta un poco enfermiza, tanto, que había momentos en que los clientes sentían miedo de entrar por temor a que los mordiera. Clarisa, la encargada, salía por lo menos 10 veces al día con una escoba a espantarme, pero de nada servía, porque a los pocos minutos, estaba de vuelta con otro obsequio para Brenda. Le traía toda clase de regalos que encontraba por la “U”. Huesos de pollo a la brasa, pancitos dulces que me regalaba Pilar la de la panadería, cerecitas de árbol, latas de refrescos y hasta los recortes de solomillo que me brindaba Luigi. Todo lo ponía allí, como en un altar, frente aquel vidrio manchado por las huellas de mis patas sucias. Las noches eran un todo tormento, pues a golpe de seis y media, Clarisa sacaba a Brenda del aparador y la llevaba adentro para que durmiera. Entonces me tenía que conformar sólo con su olor, porque eso sí tenemos los canes, no importa que seamos hijos naturales o de raza, nuestro olfato es incorruptible y el olor de Brenda era más certero que las pulgas que acompañaban mi pelaje: ese aroma a champú de fresa con galletas caras, colonia Mennem y un acento de FrontLine, güau!!!!! Nunca olvidaré aquella noche en que unos malandros forzaron la puerta y entraron a robar la tienda, pobres novatos… robar una tienda de mascotas… Luego de voltearla barriga arriba, se dieron cuenta que los collares para perros y la comida de animales no tienen ningún valor en el mercado negro. Sin embargo, su inexperiencia hamponil, a puertas abiertas, me regaló la mejor noche de mi vida. Una vez adentro, la encontré escondida bajo de unas cajas de Eucanuba, estaba temblando de miedo, me acerqué poquito a poquito, tenía el corazón en la boca, mi pobre cachorrita… Nuestros ojos se encontraron en medio de todo aquel desorden, no pudimos pronunciar ladrido alguno. Me acerqué y le lamí la oreja izquierda, ella se retorció en mi cuello ansiosa; entonces me dirigí a la puerta de salida y la miré invitándola a seguirme, pero era muy chica, la calle para ella era una aventura impensable, no quise presionarla, así que me devolví y empezamos a jugar. Comenzamos con mordiscos leves y vueltas por el piso, luego fue imposible no empezar a babear. Su cercanía, el roce de sus patas, de su pelo y el chocar torpe de nuestros dientes, le abrieron paso a nuestras lenguas y a mis ansias de cariño de perro callejero, que consiguió en su inocencia derretida, la euforia y la alegría que perdí años atrás, cuando alguna vez fui joven, cuando alguna vez tuve dueño. A partir de esa noche mi dueña era ella, dueña de mis besos, de mi cuerpo, de mi fidelidad. Sus ojos eran mi nueva correa y, en ella, una placa con su nombre: Brenda… Brenda… si me pierdo otra vez, llévenme con Brenda, la poodle blanca leche, ella es mi hogar, mi jefa, mi dueña. Su hocico mordía suavemente mis patas delanteras, manteniendo ese aire juguetón, yo me revolcaba boca arriba mientras buscaba sus orejas. Ella gruñía perdida en esa sensación que su núbil cuerpo no había experimentado jamás, una nueva cosquilla totalmente disímil a la tradicional rascada de barriga que le regalaba algún cliente de la tienda. Yo me sentía volar en lo más alto del cielo, cuando de repente aterricé en picada de un solo escobazo!!!! Al voltear, vi borrosamente a Clarisa, la dueña de la tienda, con los ojos desorbitados y un berenjenal de gente detrás gritándome y queriéndome echar mano, todos acusándome de ser responsable del intento de saqueo y de su consecuente desastre. Salí como pude, escurriéndome entre las piernas y los golpes de toda esa masa de gente rabiosa. Volteé a ver si Brenda venía tras de mi, pero ya la tenían cargada y la estaban metiendo en un Kennel. Terminé con la pata trasera izquierda fracturada y mi hocico sangrando, escondido bajo un carro, detrás de la bomba de Los Chorros. Estuve dos días echado sin poder moverme, viviendo de la caridad de dos mendigos que se hacían la ilusión, que una vez recuperado, los acompañaría a conmover gente para conseguir mejor limosna. Al tercer día, cojeando, me acerque por la tienda. Ya estaba abierta, la puerta remendada con una placas de aluminio y la vitrina totalmente vacía. Traté de echar un ojo adentro a ver si veía a Brenda, pero no logré ver más que su kennel vacío. Esa misma escena se repitió día tras día, una semana y otra… y otra… evidenciando una normalidad a la que no pude acostumbrarme. Mi olfato nunca fue el mismo después de la paliza, quizás por ello no pude encontrarla o quizás es eso lo que me obligo a creer. Los perros vemos todo en blanco y negro pero ella hizo mi vida de colores. Una vida, hasta esa noche, perdida en la letra de un abecedario que nunca podré pronunciar. Una vida que se volvió a perder, esta vez para siempre, en su recuerdo, en su distancia, en mi anhelo.

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