sábado, 9 de mayo de 2015

¿Malos hijos o malas Madres?

Tal vez parezca contradictorio hablar de este tema hoy, cuando pronto estaremos  enalteciendo el privilegio de dar la vida y el milagro que nos tiene a todos reunidos en este planeta, más pienso que nunca está de más hacer la diferencia y que el usar un poco de este tiempo para reflexionar sobre lo que significa en profundidad lo que celebramos, puede hasta llegar a ser más valioso que ir a restaurantes caros, comprar ramos de flores o regalos. Pienso que el despertar de los nuevos tiempos nos invita a ir un poco más allá del tradicional y simple hecho de dedicar un día de Mayo a quien nos dio la vida… 

 Eyyy, un momento, aquí es donde pregunto: ¿a quién nos dio la vida o a quién ha sabido ser madre? Porque siendo exactos, hoy no se celebra la vida, hoy se celebra a las Madres. Una profesión dificilísima, puesto que se estudia después de haber recibido el título …y un título que antes de ser recibido, hablando claro y sin tapujos, se disfruta de manera bastante placentera… hasta que un día recibes una correspondencia que dice: Señorita González, López, Martínez, Rodríguez, Pérez… usted ha sido admitida, quiéralo o no, en la universidad de las Madres.

He allí la primera reflexión: casi todas las mujeres son capaces de tener un hijo, pero no todas son capaces de ser madres. Dar a luz un ser pequeñito e indefenso que depende enteramente de ti en sus primeros años, no te hace Madre, te hace un puente hacia la vida, que es distinto y más importante. Valorar con responsabilidad y compromiso el privilegio que la vida y Dios te dio al traer un alma nueva a este mundo, eso, sí es ser Madre. 

Ser Madre es entender y aceptar de manera humilde y generosa, que al momento de salir ti, ya tu hijo no es parte de ti. Parte de ti seguirán siendo tus manos, tus piernas, tus ojos… pero tu hijo no más… Ser madre es no querer compensar esa salida haciendo de tu hijo una fotocopia tuya o ese amigo que siempre quisiste tener. Ser Madre no te hace dueña, ser Madre es la oportunidad de convertirte en patrocinante oficial de la primera declaración de libertad e independencia de un nuevo ser humano. 

Una buena madre es la que guía no la que obliga, es la regaña no la que ofende, es la que enseña aunque no seas tan bueno aprendiendo. Una buena Madre es la que no te compara, te diferencia, es la que nunca te habla mal del padre, aunque ya no lo ame o la haya abandonado, porque sabe que sus errores no de sus hijos. 

 Una buena Madre no crea deudas de gratitud, porque ella sola se la sabe ganar a fuerza de entrega y cariño. Una buena Madre no crea miedos para controlarte, te enseña a controlar tus miedos. Una buena Madre nunca te saca en cara lo que ha hecho por tí, porque ante todo entiende su título de Madre. 

Sin embargo, a lo largo de estos 44 años de vida, tengo tantas historias de Madres con títulos de adorno, madres con eme minúscula como el compromiso y la lealtad con su rol… madres indiferentes, madres que se escudan en sus fracasos y depresiones para justificar sus errores, madres que manipulan, que hieren, que olvidan, que pudren los buenos momentos y que después se quejan de ser olvidadas. madres que no se merecen a los hijos que tienen, madres que exigen, que destruyen y que luego se escudan en el título de aquellas Madres que sí lo han hecho bien, para reclamar la atención de la que nunca se hicieron meritorias. Madres que hacen ver a sus hijos como ingratos para lavarse las manos, sin querer darse cuenta que el término “mal hijo” nunca existiría sin que previamente exista el termino ¨mala madre¨. Porque cuando las madres son buenas, es muy difícil que un hijo que salga malo. 

Pero socialmente es más fácil juzgar al hijo que a la madre… y es harto entendible: Cuando la madre es mala en la infancia, el hijo es apenas un niño y nadie le presta mucha atención a un niño pequeño. Cuando el hijo es adolescente, la mala madre se esconde entre las hormonas y cambios de carácter de su manganzón. Cuando el hijo es joven se escuda su necesidad de libertad e independencia… Entonces, al pasar de los años, te encuentras con un hijo al que nadie nunca le prestó profunda atención y con una mala madre, ahora escondida en la tierna vejez… y a quién es más fácil juzgar: ¿a una viejita arrugadita o a un adulto saludable? …y con esto justifico el título de esta reflexión: hablamos de ¿malos hijos o de malas madres?. 

 Nunca he sido presto a los días preestablecidos, ni el de los enamorados, ni el de los padres, ni siquiera incluso la Navidad, por considerar que uno debe ser bueno y justo todos los días del año, más sí me gusta celebrarlos porque toda pausa es buena para valorar. En la pausa de las Madres, estoy seguro que, a esta alturas del texto, más de una ya me habrá mentado más de una vez la mía, sin embargo esta madre inspiración sólo es un homenaje, enaltecedor y algo extraño, a esas Madres de a de veras, a esas Madres que se lo tomaron en serio, que no sólo dieron vida, sino que llenaron de vida cada espacio y cada segundo que compartieron con sus hijos. A esas grandes Madres que ya no están, a las que no queremos que se vayan, las que prefieren no estar pero siempre siguen allí… a las que sembraron sin importar cual fue la cosecha y hasta esas madres imaginarias que sé que muchos soñaron tener y que en ese lugar mágico pero ausente, también existen. 

 Feliz Día a todas las buenas Madres.

jueves, 24 de mayo de 2012

La mala fama (Parte 1)


Mi nombre es Gilberto Policarpo Ordoñez Huamán y me imagino que por esta larga colección de nombres feos con los que me bautizaron hace 32 años, los productores de la disquera decidieron que me llamaría Gil.

Gil: Simple, monosílabo, fácil de aprender como las canciones que canto, no como las que compongo, como las que canto, obligándome a resumir su letra a la mínima expresión con la excusa de hacerlas comerciales, ya que según ellos la gente no escucha, no lee, no piensa… la gente como ellos, será.

Es tan distinto soñar con ser estrella a vivir en el cielo…

Recuerdo que a los catorce no hacía más que imaginarme rodeado de gente en el Estadio Universitario, saliendo con unos jeans rotos y gritando: ¡Buenas Noches Caracas!, recibiendo inspirado y pleno esa enorme lluvia de gritos, flores y pantaletas.

Era por ese sueño y las supuestas leyes de la atracción que prácticamente despertaba, comía, caminaba, hablaba y hasta iba al baño con mi guitarra. Aún escucho a mamá gritando:

-      Gilberto Policarpo deja esa guitarra del carajo y ponte a estudiar.
-      Gilberto Policarpo no cantes tan duro chiiiiiiiiiiiico, que no me dejar oír la novela.
-       Gilberto Policarpo tráeme la crema Nivea que te voy a meter esa guitarra por el culo si no te callas ahora mismo!!!!!.

Esa madre mía, siempre tan cariñosamente repetitiva y autóctona, a ella le compuse mi quinto éxito, el cual llegó a romper record de ventas en Méjico y me valió un doble disco de platino: ¿Por qué no te callas tú?.

En esa época, llegue a desarrollar tanto la imaginación que era capaz de sentir en cada sueño el olor a cerveza con sudor típico de los conciertos, el sonido a tierra justo antes de cada canción y hasta fantaseaba que le dedicaba canciones a Penélope Cruz desde Las Ventas de Madrid, en un lleno total, para luego llevarla en helicóptero hasta Toledo, donde le hacía el amor en la calle, detrás de la Catedral de Santa María. Lo peor fue que llegué a hacerlo y de verdad, verdad, fue más rico en mis sueños.

¿Y quién no se convierte en todo un triunfador en sus sueños? En ellos nos vemos más atractivos, más altos, más talentosos y desarrollamos una invencible capacidad de volvernos invencibles. Sí, en nuestros sueños todo es perfecto, hasta lo imperfecto es perfectamente imperfecto. El sentirnos dueños únicos de nuestro destino, así sea sólo en estado alpha, nos permite olvidar que la realidad del mundo entero es compartida.

Es por esto que mis historias imaginarias de gran estrella pop siempre saltaron los capítulos en donde me bajaba del escenario intoxicado y ansioso, las innumerables noches de extrema soledad en el cuarto de un hotel, la pérdida de interés en el sexo debido a su exceso, las ganas renunciadas de sólo salir a comer un perro caliente a la esquina y caminar hasta la discotienda más cercana a ver que hay de nuevo, como lo hacía antes y sin tener que conseguirme una gigantografía mía recibiéndome e invitándome a comprar mi nuevo cd.

Esta confrontación entre lo imaginado y lo que no, me ha llevado a tomar una impostergable decisión: voy a matarme.

La idea me vino justo el día siguiente de aquella entrega de premios en Miami dónde, al despertarme en lo que quedaba de mi hermosa casa de Bayside, me vi rodeado de tantos reconocimientos como de gente desnuda.

Esa tarde -porque ya era de tarde- en medio de una ensalada de cuerpos noqueados por los vicios y dentro de una olorosa alfombra de colillas de cigarrillos, copas rotas y ropa interior de marca decidí planear mi inesperada despedida de este mundo.

¿El momento? - La grabación de mi nuevo video clip.
¿La canción? - La vida es un circo.
¿La causa? – Cualquiera menos una sobredosis de drogas, unas pastillas mal recetadas o algún experimento pseudo-sexual que abochorne mi recuerdo ante los ojos de toda esa gente que me siguió. Que triste es haber logrado tanto, para luego terminar siendo recordado como aquel que consiguieron guindado en un armario tratando de tener un orgasmo.

Mi muerte tenía que ser distinta, creativa, alarmante y hasta irónica. Si bien tomé la decisión de deshacerme de mi, estaba en todo el derecho de planificarme un final sublime, inesperado, fuera de la caja. Memorable por lo distinto y no por lo recurrente.

Fue así como el escenario circense de mi nuevo videoclip se convirtió en musa fatalista para elegir, dentro de una docena de alternativas, la más emblemática y casual de las muertes.

“Quiero hacerte reír, quiero hacerte soñar, quiero volverte niña de nuevo y entre trucos de magia imaginar que con mis brazos te puedo domar…” .

Así, más o menos, decía la canción donde yo, personificando a cada uno de los personajes de un circo, le cantaba enamorado a una bella chica del público que al final del video me alcanzaba en mi tráiler, a las afueras de aquella enorme carpa, para hacer el amor insaciablemente entre bombas de jabón y algodón de azúcar; todo en un rodaje de cinco días en las afueras de ciudad de Méjico.

Para tal reto histriónico –reto aún mayor para mí, que actuando soy buen mecánico- tuve que dedicar incontables horas de clase y ensayo al lado de payasos, malabaristas, magos, escapistas y domadores de leones. Fue allí dónde empecé a ponerme creativo con mi crónica de una muerte anunciada, como diría Gabriel García Márquez.

La primera idea finalista: Un fulminante ataque cardíaco fuera de libreto en el cuerpo de un payaso borracho.

Los asistentes y el público aplaudirían eufóricos mi tremenda improvisación. Luego, entre risas y palmas, el director argentino me gritaría –parate boludo, que no tenemos todo el día- Paso siguiente, veríamos las caras de confusión de la gente al ver que pasan los minutos y no me levanto del piso. Finalizaríamos el acto con el rostro de terror del asistente de dirección que, al revisarme el pulso, asegura -no estaba actuando, se murió-.

Esta idea la deseché casi de inmediato, aunque era súper-divertido pensar en morir con una sonrisa pintada en la cara, no me daba mucha gracia pensar que la prensa amarillista colocaría de titular: Murió por Payaso!!!.

La segunda idea finalista: Una muerte de altura. Caer del trapecio cuando éste consiguiese su mayor altitud y estrellarme como huevo frito fuera de la malla al lado del centenar de extras y el equipo de producción.

Tiempo de la caída: cerca de cinco segundos. Muy rápido y poco dramático, la gente no apreciaría el preámbulo de mi muerte. Esas caídas sólo se ven en cámara lenta en las películas. En la vida real, más de la mitad de los asistentes se perderían la evolución de mi tragedia y, en consecuencia, todos inventarían una versión distinta de mi expresión en el aire. Definitivamente esta no era la vía, además iba a doler mucho.

A la tercera va la vencida:
“…y entre trucos de magia imaginar que con mis brazos te puedo domar…”. Esta frase describió perfectamente la idea de lo que sería mi honrosa despedida de este mundo.

Una de las escenas más memorables del videoclip y a su vez más delicadas, era una en la que aparecía cantando dentro de la jaula de un león, vestido de domador y, látigo en mano, hacía que el enorme felino se postrara a mis pies.

Originalmente, la escena se iba a hacer con un doble y luego, por cortes de cámara y edición, lograríamos que pareciera yo todo el tiempo, pero “estratégicamente” me negué a que un “imitador” tomara mi lugar y exigí ser entrenado para desarrollar, yo mismo, todas y cada una de las escenas. Ellos lo tomaron como un capricho más de otra estrella que quiere hacerse notar con sus extravagancias y pataletas, cosa que fse adaptó perfectamente para mis planes.

Durante dos semanas, todas las noches a las 10 y media, luego de la última función del circo, era recibido por Melquiades, El Domador, para que me adentrara en el peligroso arte de cómo dominar a las fieras. Melquiades era un hombre ya bastante maduro, tendría unos 60 años y, como pasa casi siempre en este ambiente, pertenecía a una legendaria familia de domadores que, por más de seis generaciones, habían entretenido a millones de familia en todo el mundo.

-¡Llegó el cantautor!- decía cada vez que me veía llegar, con un tonito que se balanceaba muy bien entre la admiración y la burla.

-¿Cuándo me compones una canción, chico, o es que acaso tú sólo le compones a las mujeres?.

-Las canciones no tienen sexo maestro, así que cualquier día de estos lo sorprendo, quién quita…

Más allá de la diferencia de edad, Melquiades y yo hicimos muy buenas migas desde el primer día. Tomamos como hábito quedarnos después de cada sesión y tomarnos unos cuantos traguitos de brandy que, según él, aclaraba más que la voz, el alma.

Fue así como, entre brandy y brandy, fuimos desnudando los recuerdos y compartiendo frustraciones. Me contó acerca de la única fiera que nunca logró domar, Irina, una contorsionista rusa de la que se enamoró ciegamente a los veintitrés y que le destruyó el autoestima a tal nivel que tuvo que retirarse un buen tiempo de las jaulas por miedo a que los leones olieran su miedo a la soledad y decidieran vengarse por tantos años de dictadura.

Yo le hablé de Miranda, lo más cercano que he conocido al amor, la verdadera autora de más de la mitad de mis canciones. Miranda, un nombre sin rostro, sin historias más allá de las imaginadas, otra treta de mi mente con la que curaba mi vacío y aupaba mi esperanza. Esta mala maña mía de querer imaginar las cosas antes de darle el chance a que sucedan.

-Tú si eres guevón cantautor!!!! Con tantas mujeres a tu alcance y te tienes que inventar una!!!!

-Estos doce años de carrera me han demostrado, mi recién querido Melquiades, que todas esas mujeres hermosas y dispuestas se le ofrecen a una marca y no a un hombre. Quieren a Gil, no a Gilberto Policarpo Ordoñez Huamán.

-Y con ese nombre, mi cantautor, ¿quién te va a querer nada? Jajajajaja.

Los días fueron pasando y mientras aprendía más y más del viejo Melquiades, el Domador de Vidas, como le terminé diciendo, al mismo tiempo fui dibujando a detalle mi, cada vez más cercana, despedida de este mundo.



“El león (Panthera leo) es un mamífero carnívoro de la familia de los félidos y una de las cuatro especies del género Panthera. Los machos, excepcionalmente grandes, llegan a pesar hasta 250 kg, lo que los convierte en el segundo félido viviente más grande después del tigre.”

Los 218 kilos de Ariel, el león de Melquiades, no lo hacía ver, para nada, ni más pequeño, ni más manso que los otros de su especie que conseguí en internet, era una muralla de pelos y dientes que eructaba rugidos que hacían vibrar los barrotes de su jaula.

Según Melquiades era tranquilo y hasta cariñoso, observaciones típicas que puedes escuchar del dueño que un Rottweiler, antes de que el animal te arranque la mano de un solo mordisco apenas el dueño te da la espalda.

Siete kilos de carne al día devoraba el manso Ariel en menos de cinco minutos. Yo hice mis cálculos y si le restaba los huesos, Ariel, el cariñoso, podía darse un banquete nada despreciable con la poca masa muscular que los ejecutivos de la disquera me exigían mantener, eso sin contar órganos y uno que otro residuo de grasa.

De martes a sábado estaban pautadas las grabaciones del video clip, todas comenzaban a partir de las once de la noche una vez finalizada la última función y se extenderían hasta no más de la seis de la mañana, ya que, de siete a una de la tarde, el circo necesitaba habilitar la arena para los espectáculos de ese día.

Yo decidí quedarme a dormir esa semana con Melquiades en su tráiler, bajo la excusa de sentir la magia circense como si de verdad viviera allí, todo en pro de un resultado final envidiable. Melquiades accedió con más entusiasmo del que imaginaba, lo que me facilitó, aún más, las cosas.

Logré convencer a mi viejo amigo -viejo por edad, no por trayectoria amistosa- que me permitiera alimentar a Ariel los días que me quedara con él para crear así un lazo “más amistoso” entre el felino y yo.

Melquiades se comió el cuento, pero Ariel no se comió nada en tres días, ya que los 7 kilos diarios de carne que le tocaban, lo repartía generosamente entre los otros animalitos del circo, los cuales sí me agarraron un cariño que ni se imaginan.

La última noche antes de la gran escena final del “cantante domador” Ariel estaba todo menos manso, hasta el mismo Melquiades estaba extrañado de la actitud intranquila del león que no dejaba de moverse ansioso, de un lado para otro, tras las rejas de su jaula.

-Eso es que debe estar nervioso con tantas cámaras, luces y  tanta gente que no conoce- le dije a Melquiades, el cual asintió un tanto convencido.

Esa noche del viernes las grabaciones terminaron temprano, ya a las 2 de la mañana todo era silencio alrededor de la gran carpa. Convencí a Melquiades de que le daría la comida a Ariel una vez que todos se hubieran ido para tratar de brindarle un poco de calma al pobre gatito.

Así, espiado sólo por las estrellas, llegué hasta la parte trasera de la jaula del enorme león y me le quedé viendo fijamente a los ojos. Fue como si supiese lo que me disponía a hacer y paciente, como todo buen comensal, esperaba hambriento a que le sirvieran el plato fuerte de la noche.

Poco a poco, fui quitándome la ropa y la fui mezclando, delicadamente, con la masa generosa y poco uniforme de carne, huesos y sangre que llevaba en el contenedor. Luego, dejando la puerta entreabierta, se la acerqué hasta la esquina más alejada de aquella gran jaula donde Ariel se daría banquete con lo que, a los ojos del mundo, un día fui yo, Gil, una de las estrellas más importantes de la música Pop.


CONTINUA…

sábado, 22 de enero de 2011

0800-PASADO

Aquella mañana del viernes me desperté con una ensalada rusa en la cabeza, una cantidad de sentimientos rebanados en cuadritos, revueltos con recuerdos borrosos y un aderezo concentrado de culpa que amalgamaba bastante bien ese dolor de cabeza y esa sensación de respirar con dificultad.

Lo peor de todo es que no tenía motivos para sentirme así. Sí, es cierto, me fui con unos amigos de farra desde el mediodía del jueves, nos tomamos las vodkas que debíamos y las que pudimos, fumamos hasta la asfixia, pero fueron unas 12 horas tranquilas, sin inventos ni desgastes, digamos que la suma de las vodkas fue inversamente proporcional al nivel de desnalgue que hubiera podido patrocinar 10 o 15 años atrás.

Es allí donde te das cuenta que haz cambiado, entiendes que más allá de tu nueva forma de vestir, del cabello donado a las burlas de tus amigos, de esta barriga de tres meses que nunca baja y de esta creciente capacidad de hablar de temas cada vez más profundos, lo que te define, cada vez más como un señor y menos como un chamo, es tu incapacidad de enfrentar un buen ratón.

Recuerdo que a los veintipico cenaba perro caliente con ron y desayunaba arepa con cerveza y todo bien!!!. Si salía y me pasaba de tragos, al día siguiente estaba parado a las 8, herido, pero vivo. Hoy te tomas cuatro whiskeys 18 años y al día siguiente eres una contestadota telefónica, “Hola, soy Juaquín, por favor deja tu mensaje después del tono, gracias”.

En medio de estas reminiscencias post-etílicas hacen sus apariciones una cantidad de fantasmas que vuelven a recordarte que ya no tienes veintipico. El temido Parus Cardíacus, el silente Hipertensus y el infaltable para los fumadores: Efisemus. De repente, tu vida se vuelve excesivamente vulnerable y tu tranquilidad tiende a depender de lo que dicen los comerciales de omega 3 o tu primo médico, que nunca tomó ni vino pasita.

¿Cáncer?, a los veintipico ese era un signo zodiacal que te decía que la carajita con la que ibas a salir era sensible, llorona y lunática, así que tú enfilabas la artillería hacia una noche viendo Ghost en el autocine El Cafetal con un jeep descapotado. Quince años después la misma palabra significa “pilas, que te estoy observando mamarracho”. Y no es que sea hipocondríaco, que lo soy, pero es que dos días de ratón ponen a pensar a cualquiera.

Allí sumergido entre la resaca y la culpa no entendida, me dí cuenta que el alcohol es mi 0800-PASADO, sí, mi línea directa y gratuita a mantenerme ligado a recuerdos y costumbres que ya no tienen cabida en lo que soy hoy.

Y no son los famosos “¿Te acuerdas cuando…?, qué bolas aquella vez…!!!” que todo borracho respetable debe tener en su discurso después del quinto whisky, es una necesidad masoquista de tratar de ser el mismo de los veintipico con 15 años más a cuestas, es tratar de traer al presente la esencia de lo que una vez fui, disfruté, exprimí y superé. He allí el ratón. Realidades enfrentadas.

Mi famoso ratón es el hijo legítimo de una relación morbosa entre lo que era y lo que soy, bastardo e hijo único egoísta que no quiere entregarse al presente, pero se niega a regresar al pasado. Pasado que se niega a morir y presente que necesita crecer. Dos tiempos que se deben el uno al otro, pero que no deben vivir juntos, sino ser consecutivos.

Quien camina viendo hacia atrás no se da cuenta de lo que tiene en frente y quien camina de frente sin saber de dónde vino, lo más seguro que nunca sepa hacia dónde va.

Es allí donde, tabulando que debería tener más peso en mi vida, comprendí que ya sumo 40 años de pasado y sólo unos segundos de presente, tan delicados, que al terminar de escribir esta frase, ya también se habrán vuelto pasado. Comprendí que el señor pasado, con su porte hipócrita de compañero incondicional no se resigna a dejarme ir. Pasado que una vez fue presente y por negarse a quedar caduco, se quiere quedar egoístamente quitándole su tiempo a otro tiempo.

Pasado de personalidades múltiples, que cambia de nombre y se va por la ramas para tratar de quedarse para siempre. Experiencia, nostalgia, aprendizaje, recuerdos, todos son las trampas que el pasado tiende para mantenerse latente en un tiempo que no le corresponde.

Pero descubrí tu trampa, se te cayó la máscara y ahora quedaste a mis expensas. No te quiero en mi vida más que como referencia y puerta de salida; y si el alcohol era tu aliado, ahora sólo servirá de velo momentáneo mientras el whisky pasa su efecto, mientras el mareo se desvanece en mi conciencia, mientras que vivo lo que estoy haciendo y no lo hice.

Pero no más, ningún otro ratón llevará tu nombre.

Hip...

martes, 3 de agosto de 2010

El Cougar azul

Todavía recuerdo claramente aquel comercial de televisión en 1981, donde un locutor súper engolado decía con voz de meterte miedo: Nuevo Cougar V6, sedan!!!! Elegancia!!!, distinción!!!, potencia!!!!… “Grrruaaaaaauuuu” y salía un puma negro brincando a la pantalla.

Creo que esa fue la primera vez que me di cuenta de que cougar significaba puma en inglés.

El Cougar de mi papá era más bien azul, azul media noche, como le decía él; recuerdo que lo acompañé a buscarlo un miércoles a la avenida Victoria, a un concesionario de carros muy famoso en aquella época, donde, por cierto, otro locutor engolado le hacía publicidad a cada rato por la radio, recordándote que “se estribe Rootes, pero se pronuncia Ruts”.

De verdad, no recuerdo la cara de mi papá al verlo salir, pero lo cierto es que era un carrazo, una oda ochentera al lujo y el confort: asientos de terciopelo que se ajustaban automáticamente en altura y cercanía al volante con unos botoncitos que nunca logré destruir, volante forrado en cuero azul, radio con cassette incorporado, aire acondicionado, vidrios eléctricos al igual que la antena, espejos en los tapasoles y ese olor a nuevo que nada ni nadie puede imitar.

En aquel Cougar azul aprendí a manejar en las calles internas del Colegio San Ignacio, donde luego de la práctica de la Banda de Guerra, los sábados, me le pegaba a mi papá cual garrapata para que me diera unas clasecitas y así pavonear con mis compañeros de clases.

Con el tiempo las clases se hicieron menos necesarias, sobre todo cuando descubrí que en la ferretería de la esquina podían sacar copias de la llaves del Cougar, entonces empezaba la vigilia de ver cuando el viejo se quedaba dormido para salir a roletear por la Caracas de mediados de los ochenta. La Lechuga, Mr. Ribbs, PidaPizza, Partícular, el Droganfox y todos sus parkeros, fueron cómplices indirectos de mis hurtos motores, los cuales nunca tuvieron un final trágico; porque eso si tengo yo, manejo como una mierda, pero tengo una suerte que la hubiese deseado el mismísimo Zena.

Pero lo que me sobraba de suerte me faltaba de pilas, puesto que jamás se me ocurrió, después de mis acostumbradas roletas, llenar de nuevo el tanque de gasolina al nivel en que lo había encontrado, sobretodo luego de pasear con mis amigotes de Petare rumbo a la Pastora “recorriendo la montaña que decora mi ciudad”, como unas 17 veces por noche.

Por supuesto, el viejo lo sabía pero se hacía el loco y loco estuvo a punto de volverme cuando se le ocurrió quitarle, en más de una oportunidad, el cablecito del distribuidor. Era un cable del coño que ni se veía, el cual servía de capuchón a un tornillo de cobre que estaba por detrás de la bobina. Claro que estos términos mecánicos (distribuidor, bobina…) los domino hoy, veintipico años después, porque en aquel entonces era simplemente “el cable del coño!!!!”

¿Dónde coño va ese cable del coññññoooo???? gritábamos mi primo Rino y yo, tratando de conseguir el origen de tan absurda realidad. Creo que el desgaste de tantos intentos fallidos y tantas noches que se quedaron esperando hizo que se me olvidara como dimos con el contacto macho del cable del coño, pero lo que no se me olvidó más nunca fue echarle de nuevo gasolina al tanque.

Mis hurtos blancos del Cougar azul se acabaron a los 18 años, donde lo primero que hice después de apagar las velas de mi torta de profiteroles rancios fue irme con mi amigo Héctor a sacarnos la licencia a la oficina de Tránsito de San Bernardino.

Al llegar, la cola era inaudita y además, teníamos que presentar un examen teórico y otro práctico. En eso, se nos acercó una suerte de Dios Africano y se ofreció a ayudarnos por el módico costo de 50 bolivitas. Dios es Grande …y negro!!!! -exclamamos- y, por supuesto, le dimos la ofrenda a San Cuntaquinte, que después de sacarnos unas fotos carnet en la esquina, nos dijo que mañana, a golpe de 11, pasáramos a buscar nuestras licencias.

Sé que todos estarán pensando: Ajjjaaaaa ese negro los jodió!!!!!. Nada que ver hermanos, al día siguiente, a las 11 en punto, estaba Changó (sólo por lo chango, no por el santo) con nuestro par de licencias, perfectas, plastificadas y selladas, en las cuales Héctor y yo exhibíamos unas cabezotas descomunales estilo “Huevoduro”, aquel famoso personaje de la serie de suplementos de Condorito.

El pana trató de negar, por todos los medios, que las cabezas estaban alteradas. Tanto fue lo que insistió, tan buena fue su labia enriquecida por aquel metro noventa de altura y no menos de 1,60 mts. de ancho que, al final, nos fuimos agradeciéndole al bicho ese, que nos haya mejorado el aspecto craneal.

Por supuesto esas licencias duraron lo que una flatulencia en cama indígena (…lo que un peo en un chichorro). A la primera parada de fiscal POW!!!

El Cougar siguió sumando a su kilometraje y ayudándome, al mismo tiempo, a incrementar el mío con las chicas. Qué bueno era ese Cougar azul medianoche!!!!, discreto, espacioso, cómodo, reclinable y fiel, nunca me dejó botado; ese sí supo romper aquel mito urbano de que “si haces cosas en el carro se jode”. Balaceras en el Cementerio, botellazos en los Corales, atentados en El Paraíso, Policías en La Alameda; hasta una vez me sorprendieron dos PM en el mirador de San Román con la hija del Embajador de los Estados Unidos, que era menor de edad, y después de torturarnos psicológicamente 20 minutos, un poli le dijo al otro: ya no lo jodas más… es el pana del Cougar azul!!!

Entrando a los noventa ya nuestro querido Cougar empezaba a sufrir los desgastes del tiempo, el pobre ya tenía cerca de quince años y más de 150.000 kilómetros. Poco a poco, salían a flote las consecuencias de tantas idas a Bahía de Cata, Choroní, Margarita, Puerto La Cruz, Mérida… Empezó a pasar un poco de aceite, los vidrios se le dañaron, el techo de terciopelo se le despegó, se le estropeó el retroceso y yo, indetenible y pelabolas, salía orgulloso con mi Cougar azul, así durara 20 minutos estacionándolo por tener que retroceder a fuerza de piernas, cual Pedro Picapiedra.

De mis manos pasó a las de uno de mis mejores amigos, con él recorrió sus últimos kilómetros. El hueco negro en el que cayó la económica del país, se llevó consigo a Carlos, lo que le hizo imposible rescatar a nuestro querido Cougar de los desgastes de la tercera edad y de la ruina de sentirse solo y abandonado.

La última vez que lo vi, estaba parado, maltrecho, en una callecita escondida de Guaicay, los cauchos bajos, los vidrios abiertos, la pintura quemada y los faros ausentes; tan ausentes como su elegancia, su distinción y su potencia; tan ausentes como la esperanza de volver a ser lo que fue algún día y de volver a significar para alguien, lo que una vez significó para mí.

Con el tiempo llegaron nuevos amigos: el Skoda vinotinto, compañero de juergas tan transitorias como su paso por mi vida. El Volkswagen rojo, bonito, fiel y hippie. Las motos patoteras, más ruidosas que veloces. El Polo y la Caliber, los nuevecitos de agencia, que subieron mi autoestima y me ayudaron descubrir en carne propia lo que sintió mi viejo aquel miércoles del ´81 cuando vió, frente a frente, por primera vez, a su Cougar azul medianoche.

viernes, 23 de abril de 2010

La pelota de Tomás

-Qué pelota la de Tomás…!, comentaban todos, disimuladamente, cada vez que lo veían pasar arrastrando por el piso aquella enorme pelota de grasa y piel que le brotaba de la parte más alta de su pierna izquierda, tal y como si fuera un icaco gigante brotando de la rama más delgada de su árbol.

¿Cómo pudo aquello que comenzó como un simple e imperceptible absceso convertirse en una pierna embarazada de nueve meses?. Sencillo, aunque inexplicable para muchos médicos: por una debilidad cardíaca de la que empezó a padecer Tomás desde el primer día que retomó su trabajo en aquella oficina.

Y no fue por el estrés que le provocaba tener que reiniciar su vida en el mismo país que decidió abandonar para buscar mejores oportunidades y una vida más digna. Y no fue por la suma de las veces que tuvo bajar la cabeza cuando se conseguía amigos y no tan amigos que le preguntaban por qué se había regresado. Tampoco fue por el impacto emocional que desató su reciente divorcio de aquella chica de la que, por cierto, se había enamorado en esa misma oficina años atrás y de la que sólo le quedaban un hijo compartido, alergia a los recuerdos y largos silencios. Menos culpable fue aquella colección de noches evasivas llenas de alcohol, cigarrillos y desgaste que tomó como digna terapia de transición.

Su anomalía tenía otro origen, un origen específico y claramente identificado a tan sólo dos escritorios del suyo. Un epicentro a tres metros y medio de distancia y con nombre de mujer: Isabel.

Tenían historias demasiado paralelas, por eso siempre andaban juntos pero nunca se tocaron. Al verse, se reconocieron claramente como consecuencias de la realidad social actual. Ambos divorciados, víctimas de una infidelidad declarada, con un hijo en la cartera y una mezcla de desconfianza con ingenuidad deseosa de ser conversada.

Primero nació la empatía, luego nació la ilusión. Una ilusión de dos de la que se apoderó solo uno. Y así Tomás empezó a cargar con la ilusión de hacerla su mujer y con la ilusión de que ella lo veía como ese tan esperado héroe, de cabellos largos y portentosa armadura, que llegaba de lejos a rescatarla de aquel mundo de terror e injusticia que le había tocado vivir.

Pero nada pesa más que cargar con dos ilusiones y aquel peso, como todo gran peso, le provocó una hernia, una hernia emocional en la parte más alta de su pierna izquierda.



Esa mañana Tomás se despertó rascándose frenéticamente el muslo, miró y se descubrió un pequeño abultamiento, el cual asoció de inmediato con una simple picada de hormiga.

- ¡Coño que picazón, …su madre!, exclamó durante toda la mañana, notando que la picada cada vez se le inflamaba más. Fue a la farmacia y se compró una pomada que se empezó a aplicar 2 veces al día, por siete días. Pronto el dueño de la farmacia lograría pagar la electricidad de todo el local gracias a la cantidad de pomadas y otros “menjurgues” que compraba Tomás todas las semanas.

De picada pasó furúnculo, de furúnculo a quiste, de quiste a pelota de tenis y del tenis a la jodedera.

-¡Tomás sácate la pelota del bolsillo!.
-¡Tomás, tú sí que tienes bolas!.
-¡Tomás, pelotudo!

Tanta era la jodienda de los amigos de Tomás, que hasta su hijo un día, pensando que lo de la pelota era en serio, se la pidió para jugar con sus amiguitos en el colegio. El pobre chamo no entendía que la famosa pelota del bolsillo de su papá no existía, pues veía claramente el bulto en el pantalón y al ver que su progenitor se negaba a prestársela, armó tremendo berrinche en pleno colegio, convirtiendo al pobre Tomás en el centro de las críticas y miradas despectivas de cuanta vieja cacatúa y madre abnegada se encontraba en el recinto. Hasta uno de los curas se acercó insistiéndole: pero préstele la pelota al niño…!!!

El tiempo fue pasando y su pelota fue creciendo, así como también crecía su ilusión por Isabel.

Bajaban a fumar, almorzaban juntos, chismeaban de sus compañeros de la oficina, se escribían los fines de semana… Lástima que una misma canción puede significar cosas tan diferentes dependiendo de quien la escuche. Eran dos personas paradas en el mismo lugar, una al lado de la otra, tomadas de la mano, pero la de la izquierda miraba al norte y la de la derecha, al sur.

Y así, mientras Tomás se enamoraba más y más, Isabel se sumergía en cuanta relación turbulenta y conflictiva le pasaba por enfrente. ¿Cómo se puede tener tanta suerte para encontrarse con tal número de fracasados en una misma vida?

Alcohólicos, estafadores, desempleados, drogadictos, vividores, bicuriosos… todos desfilaron por el corazoncito resentido de Isabel y, de todos y cada uno ellos, Tomás tenía un resumen curricular específico y extenso, donde se leía claramente: fecha de ingreso, logros emocionales, fortalezas sexuales, referencias de terceros, áreas de oportunidad, debilidades y, por supuesto, la tan esperada fecha de egreso.

Poco a poco, mientras su pelota iba cobrando nuevas dimensiones, Tomás se iba convirtiendo, cada vez más, en parte fundamental e imprescindible de la vida de Isabel. Psicólogo, Abogado, Pastor, entrenador personal, cuenta cuentos, chofer… todo, menos amante. Que duro es conocer a detalle la vida de la persona que amas, participar en sus decisiones, en sus alegrías y tristezas, estar presente en sus amaneceres y en sus ocasos, pero no tener derecho a tocar ni un centímetro de su cuerpo.

Sin duda, eso pesa bastante…



Quince kilos ya pesaba la pelota de Tomás para Septiembre y como era de esperarse, ya ningún pantalón le servía, no le quedó más remedio que inventar que se había unido a una religión africana y que parte del rito de iniciación era andar vestido con una amplia túnica en colores tierra, que de alguna manera le mal-disimulaba la, ahora, “pelota de Basket” que sobresalía a su izquierda.

En esos tiempos la compañía mandó a Tomas a cerrar unos contratos a Ciudad de Méjico, por supuesto tuvieron que comprarle pasaje en primera clase, pues en la ejecutiva no cabía con su inseparable acompañante. El verdadero problema lo tuvo de regreso, cuando lo detienen en inmigración por su sospechosa forma de caminar y a la vez de intentar esconder, dentro de su bata africana, una especie de enorme paquete sin ningún tipo de justificación.

-¿Nos acompaña por favor?
Tomás palideció y no pudo disimular sus nervios, lo que empeoró las cosas.
-Quítese la ropa, por favor.
-Pero amigo, ¿cree usted que esto es necesario?
-Quítese la ropa, por favor, repitió sin expresión alguna el oficial de inmigración.

Entonces Tomás dejó caer al piso su amplia bata africana, quedando totalmente al desnudo de una sola vez, pues ni la más elástica ropa interior podía ya atravesar la inmensidad de su pelota.

La cara de los oficiales palideció, no hacían más que ver fijamente la pelota de Tomás, atónitos, retraídos, ausentes.

De repente, la expresión de uno de ellos empezó a despertar y gritó alarmado: ¡Se le bajó la droga manito, se le bajó la droga!!!!

-¡No seas bruto chico!, eso no es droga conejo, eso es tremendo poporo!!!

Ambos oficiales se miraron, no aguantaron soltar tremenda carcajada. Sus gritos y risas se escuchaban afuera.

-Bueno, pero ¿cuál es el chaleco?, fue lo único que se le escuchaba decir entre dientes a Tomás, mientras terminaba de acomodarse su bata y salía a formarse en la cola para entrar a su avión.



Fueron muchos los intentos de Tomás por llegar al corazón de Isabel: chocolates, flores, cenas, libros, hasta serenatas… y mientras más intentaba Tomás, más grande se hacía su pelota y más ajena se volvía Isabel.

Esa Navidad, cuando la única manera que encontró para poder ir a la cena de Noche Buena de sus amigos fue disfrazarse de San Nicolás -adivinen quién era la bolsa de regalos-, Tomás decidió operarse.

Bastó una consulta para que el médico le pusiera fecha y hora a la operación: 17 de enero, 7:30 de la mañana. Todo estaba listo, el quirófano impecable, la corte de enfermeras en su tradicional uniforme de campaña y la habitación 208 anhelante de un nuevo huésped. Pero ese día, a esa hora, Tomás no se presentó.

Esa mañana, desnudo frente al espejo, se percató que había pasado tanto tiempo con su pelota que ya la quería más que a Isabel, más que a su trabajo, más que a su hijo, más que a su imagen original. Ya era parte de su piel, carne de su carne, compartía su tiempo, su cama, su alma. La abrazaba en esas largas noches de ansiedad, hablaba con ella, la acariciaba, hablaba con ella, la defendía de los perros de la cuadra cuando la sacaba a pasear, le regaló un tatuaje de henna y hasta lloró la noche anterior a despedirse de ella. La vida los había hecho uno, Tomás y su pelota, la pelota y su Tomás. Ahora lo comprendía y no tenía ni el valor ni las ganas de separarlos.

...y allá va Tomás, arrastrando orgulloso su gran pelota, esa enorme pelota de piel y grasa que le brota de la parte alta de su pierna izquierda. Ahí va, sin importarle un bledo que la gente lo vea, lo que digan, lo que inventen… total, en este mundo lleno de almas solitarias que nunca coinciden, muchos quisieran tener, al menos, una pelota como la de Tomás.

miércoles, 21 de abril de 2010

Nostalgia 23



Lo que hace seductoras a las historias de amor es, definitivamente, que siempre parecen escritas por todos, menos por quienes la vivieron; como si uno no tuviera poder de dedición o como si nuestros actos no incidieran de forma directa y decisiva sobre lo que sucede.

La mía, en esta oportunidad, parece un batiburrillo entre Cesar Miguel Rondón, Horacio Quiroga y Neruda. Es una novela sin prólogo porque no había nada que decir de mi, ni de ella, antes de que nos encontráramos aquella tarde en Buenos Aires.

Recuerdo aún el resultado de aquellas ya incalculables noches de bohemia motivadas por la efervescente libertad de sentirme de nuevo soltero; como siempre suele ocurrir, fue de una soledad inundante, corrosiva, traidora. Creo que uno no sabe lo solo que puedes llegar a estar hasta que no decides rodearte de todo clase de personas. Allí entiendes la soledad de un cantante en medio de un concierto o la de un político en pleno meeting. Soledad escondida tras un antifaz de ego y prepotencia. Soledad farsante. Soledad alucinante.

Que ironía que en un mundo que actualmente supera los 6.500 millones de personas, sólo te haga falta una para sentirte realmente acompañado…

Y ahí iba yo, caminando por la calle Florida cuando irrumpió a mi paso una linda mina. “¿Querés conocer un cafecito nuevo que abrieron aquí cerca?. Hacen 3 grados acá afuera, ¿no tenés frío?, Andá, que así me gano yo también unos pesos; no he llevado a ningún cliente hoy”.

Marcela parecía todo menos porteña, era más bien achinada, con grandes labios, tez trigueña y cargaba una chamarra blanca con líneas negras. Al principio desconfié –imagínate llegar a Caracas sin un riñón- pero decidí aventurarme ya que era mi última tarde antes de volver a casa.

De café no tenía nada. Era más bien una apología diurna del bar del Lado Oscuro del Corazón: Sillones rojos, luces tenues, dos batitubos y tres turistas extranjeros, todo en 30 metros cuadrados. Eso sí, había un piano en el fondo y más que preguntar a que hora bailaban las chicas, le pregunté a Marcela si alguien tocaba ese racimo de teclas a punto de desbaratarse en aquel rincón.

-Es un viejito medio pelotudo. Toca tango, comienza como a las seis-me dijo. Como no tenía nada mejor que hacer, me eché en un sofá.

“Si yo tuviera un corazón, el mismo que perdí, si yo pudiera como ayer querer sin presentir…” Sonaba viejo, desafinado, romántico …tal y como es el tango. Ya con tres whiskys encima, se apoderó de mi esas indomables ganas de cantar. Recordé que el tema de amor en aquella película de Eliseo Subiela se llamaba “Algo Contigo”, la cantaba Marta Sierra Lima con Los Panchos; pero esa noche me tocó a mi y al viejito pelotudo.

-¿Preferís cantar que mirar?, lo digo porque cantabas con los ojos cerrados.-
En algo tenía razón: mis ojos estuvieron cerrados toda la tarde hasta que la vi a ella.

Ella, con un pelo de miel que le chorreaba hasta la cintura, con un cuello de tortuga negro desenrollado, que le tapaba la nariz. Ella, de ojos grandes, manos largas y blanca como un buen susto.

-¿De dónde sos vos?
-De Venezuela, contesté.
-Ah, Venezolano …que chévere!!!! ¿Eres de los que aman o de los odian a Chávez?
-De los que no esperan nada, para así siempre tener la certeza que se va a recibir algo.
-Ahhh, también sos poeta, yo que pensé que sólo eras intérprete.
-Publicista.
-A ver, ¿cómo le harías publicidad a mis ojos?.
-No pierdas guita, se venden solos.

Solo con sus ojos me quedé hasta que era más temprano que tarde. Hablábamos y nos mirábamos y nos volvíamos a mirar, como si nos fuésemos a quedar ciegos al dejar de mirarnos. Al ritmo del tango “Nostalgia” llegaron los tan esperados besos: rozantes, inseguros, temblorosos, poco a poco confianzudos y picantes. Sus labios no besaban, hablaban en los míos, me decían cosas en un idioma nuevo, fascinante; nuestras lenguas traducían el discurso y nuestras manos lo hacían para los sordos.

Pero siempre es peligroso dejar tu mente delirar por tanto tiempo. Se te pueden ocurrir cosas inauditas.






Tengo que admitirlo. Se me subió el tango a la cabeza: el bar, la mina, el frío, la película de Subiela, el cuello de tortuga y los besos, aquellos besos.

Mi vuelo salía a las 12 y ya eran las 8:30 de la mañana. Yo en la Costanera con cara de zombi y ganas de comerme cada centímetro de aquel metro setenta de cuerpo que me abrazaba junto a Mar de Plata.

-¿Nos volveremos a ver?, dijo ella.
-No lo se. Es la primera vez que vengo a Buenos Aires y fue por trabajo, completamente casual.
-Pero a lo mejor tenés que regresar de nuevo un día.
-Y tú, ¿vas a esperarme?
-No lo se. Quisiera, pero no lo se.
-Vamos a hacer algo: juguemos al destino. Total él es el único culpable de que estemos aquí. No me des tu teléfono, ni me pidas el mío, tampoco tu dirección. Como lo nuestro fue pura conexión, dejémoslo a la red.
-???
Al llegar a Caracas voy a meterme en Yahoo. y abriré un correo electrónico. A ver, a ver, como le pondríamos….
Ella saltó como si la hubiese picado una hormiga
-Nostalgia, como el tango.
-Nostalgia 23 –dije yo- para que no se nos olvide ni el tango ni el día.
-Me parece bien…
-Si al solicitar el ID, éste está disponible, activo la dirección y como clave le pondré 1234567. Allí tu podrás entrar el lunes en la tarde y encontrarás un correo con todos mis datos: teléfonos, dirección, email y un montón de cursilerías que seguro te escribiré durante el vuelo.
-¿y si ya existe la dirección?.
- Habló el destino.

Señores lectores, compañeros durante este pocote de líneas: Jamás imaginé que hubiese tanta Nostalgia conectada en este perro mundo!!!!!!

¿A qué otro individuo fuera o dentro de sus cabales se le ocurría abrirse un correo electrónico con el nombre de nostalgia23@yahoo.com? Capaz que fue al pelotudo viejo del piano…






“Nostalgia de escuchar su risa loca
y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración.
Angustia de sentirme abandonado
y pensar que otro a su lado
pronto, pronto le hablara de amor…”

La habré escuchado hasta la inconsciencia, por todos los intérpretes habidos y por haber; hasta en francés la balbuceaba entre llantos y tragos. Era insoportable hasta para los vecinos.

-Apaga eso, enfermo!!!,
-Ponla al menos en regeaton...!!!!

Luego quise utilizar la estrategia del cuéntalo, cuéntalo y cuéntalo hasta que te canses y se te olvide. Así fue como me convertí en vendedor ambulante de mi historia de despecho.

Con los amigos:
-Hermano, tiempo sin verte, te vez muy bien pana…
-Sólo por fuera, no tienes idea de cómo estoy por dentro compa, imagínate que…

En el restaurante:
-¿Qué desea el señor?
-Algo bajo en colesterol que tengo el corazón delicado, imagínate que…

En la oficina:
Para esta campaña creo que Internet no es el medio más indicado, está demasiado corrompida, abrumada, No creo para nada en la efectividad de este medio y mucho menos en Yahoo, imagínate que…

Cuenta y cuenta y cuenta, pero el cansancio no aparecía y el olvido ni asomaba la frente. Mis amigos, poco a poco, se empezaron a aburrir y hasta la guitarra me pedía acordes distintos, no tanto menor, no tanta nostalgia.

Fue en uno de esos momentos “menores" cuando sonó el teléfono de la casa:

-Hola, es Hidroven?, Comuníqueme con la Señora Carmen, por favor.
-No, amigo, está equivocado.

A los 30 segundos:
-¿Aló Hidroven?. La Señora Carmen por favor…
-Amigo le dije que estaba equivocado.

A los 2 minutos:
-¿Eso es Hidroven?
-Hermano es la tercera vez que llamas y es la tercera vez que te digo que esto no es ninguna Hidroven del coño, como te lo explico…
-Es que acabo de llamar a información y ese fue el número que me dieron…

¿Información?, ¿Número?, ¿Idiota?.

El único testimonio físico, ajeno a mi piel, que me había quedado después de aquella noche era la factura de 857 pesos que me habían acribillado en aquel “cafecito nuevo que abrieron aquí cerca”. La tuve que guardar a ver si me la aceptaban como gastos de representación en la oficina. Factura… vamos por ti!!!!!

Café Le Piaf, Galerías del Este, Florida, Buenos Aires. Sólo quedaba contactar a información de Telefónica Argentina y preguntar por el número del “cafecito”.

-Discúlpeme señor, no tenemos nada registrado bajo ese nombre en nuestra base de datos.

¡La recontraconcha de su madre!!!!!!!!. De seguro estaba registrado bajo esos nombres claves para “cafecitos”; algo así como Representaciones TOTI 2000, c.a.; pero tranquilo, piensa, piensa. ¿Qué quedaba por allí?.

Primero llamé al Marriot que quedaba a 1 cuadra, le monté el drama que se me había quedado la billetera en este local y no hallaba manera de comunicarme con ellos.

El servicio cinco estrellas se quedó en la fachada, no me dieron ni bola. Entonces recordé que frente a la añorada Galerías del Este quedaba un Mc Donals. Llamo de nuevo a Telefónica.

-Disculpe me podría dar el teléfono del Mc Donald de la calle Florida.
- ¿Cuál de los 4?
-¿Ahhhh?
-Sí, hay cuatro. ¿Cuál de todos?.
-Todos!!!

Y así, mis queridos compañeros de líneas, decidí honrar de por vida al payaso de Ronald McDonald y a su grasiento Cuarto de Libra, pues, al segundo intento y después de un drama Telefónico que nada tuvo nada que envidiarle a una novela de nuestra amiga Delia Fiallo, conseguí que un cajero de estas cadena cruzara la acera y me consiguiera el tan deseado teléfono del Café Le Piaf.






El parkinson hecho corazón. Es la mejor manera de describir mi pulso cada vez que marcaba un número más que me acercaba a mi “Nostalgia23”

Continuará...